Siempre nos quedará París

enero 24, 2009

Revolutionary RoadFrank Wheeler, el protagonista de Revolutionary Road, forma parte de esa generación de estadounidenses que fueron los niños de la Gran Depresión americana -esa que estamos rememorando en este tercer milenio- y los jóvenes de la Segunda Guerra Mundial. No es de extrañar que abrazaran la prosperidad de la década de los 50 en su madurez y encontrasen la paz social con buenos empleos, familias y casas en urbanizaciones en las afueras de las ciudades. Pero ante tanta conformidad asumida puede que hubiese bulliendo algo que convirtió estos años en los más neuróticos de la historia americana. La sorprendente quiebra promovida por Elvis Presley y la generación Beat en literatura evidenciaban las tensiones subterráneas que estallarían en la contracultura de los 60. Es sintomático como el gran melodrama de Hollywood de la década del abuelito Eisenhower en la presidencia es el más suntuoso jamás filmado, desvelando en clave todas las neurosis de esta sociedad que estaba creciendo en el marco de la Guerra Fría.

La novela Revolutionary Road se unió a este marco. Fue publicada por Richard Yates en el año bisagra de 1961, y hablaba amargamente del desarrollismo estadounidense. Para muchos es una de las grandes novelas americanas del siglo XX. A pesar de ello ha tardado casi medio siglo en llevarse al cine, aunque su poco conformista historia debió dar miedo a más de un productor. Ha sido el chico más listo de la clase, Sam Mendes, el que la ha adaptado. No deja de ser paradójico dada la trama del film que haya sido un proyecto matrimonial, pues su esposa Kate Winslet le indujo a hacerlo tras leer el guión de Justin Haythe. Mendes debutó en el cine con American Beauty y luego tuvo una gran capacidad de aprendizaje con Camino a la perdición y la incomprendida Jarhead, en la que demostraba poseer un sentido visual que lo alejaba del cine más bien literario de sus primeros filmes. Desde este punto de vista, Revolutionary Road puede verse como una vuelta atrás, pues regresa al drama familiar que casi hace una década lo puso de forma tan espectacular en el mapa. Es como si Kevin Spacey y Anette Benning hubiesen saltado atrás en el tiempo.

O tal vez no. Después de todo, American Beauty y Camino a la perdición notaban demasiado la siempre hábil mano de Spielberg, más ladino como productor que como cineasta. En el primer film, el protagonista se redimía con la muerte y caía menos mal, y en el segundo el hijo de Tom Hanks encontraba una familia sustituta. En Revolutionary Road es como si Mendes ajustase cuentas y hubiese decidido hacer un drama familiar sin concesiones. Como lo que hizo el guionista de American Beauty, Alan Ball, con su amarga serie A dos metros bajo tierra. En Revolutionary Road la muerte no salva, sino que es una escapatoria. Los hijos no dignifican, sino que lastran. Y la rutina acaba ahogando todos los mejores esfuerzos, en un sistema que castiga al disidente. La película es cruel, más que por su temática, por los personajes que presenta. No estamos ante una historia fácil de un matrimonio formado por personas brillantes que se enfrentan a un mundo mediocre, sino que ellos son ya mediocres desde el principio. Como demuestra la escena inicial de la obra de teatro donde actúa la señora Wheeler, la pareja no tiene ningún talento. Es más, Frank es un completo pelele, que siempre se deja llevar, sea por los sueños de su esposa, sea por los compromisos de la vida. Es un acierto que le de vida Leonardo DiCaprio, pues su debilidad como intérprete ayuda curiosamente a hacer creíble a este pobre diablo. En cuanto a ella, en su silenciosa pero inexplicada rebelión, va adquiriendo una triste dignidad, pues no va a encontrar formas positivas de manifestarla. Su idea de irse a París como solución a su vida es bastante absurda. Se intuye que no hará más que llevarse sus problemas conyugales con ella, porque lo que propone no es una mejora, sino una huída. Sin embargo, los Wheeler son como los Estados Unidos de su época. Todos los admiran como la pareja perfecta pero bajo sus bellas apariencias late el volcán.

Lo mejor empero, es como Mendes –y suponemos la novela original- utiliza una figura de tragedia griega como es el demente hijo de sus caseros. En su locura, como los profetas antiguos, se halla la verdad, pues es capaz de desvelar lo que todos piensan pero nadie dice. En realidad la señora Wheeler será otra persona que por algo parecido acabará eligiendo la destrucción social. El cineasta deja sus coqueteos con el montaje de Jarhead y vuelve a ser un director de teatro centrándose en sus actores, que en el caso de Kate Winslet están estupendos. Y sin embargo algo no cuadra en este contundente drama. Tal vez es que se nota demasiado que está pensado para los Oscar –objetivo en el que han pinchado estrepitosamente vistas las candidaturas- y el cuidado formal le resta fuerza al conjunto, como si después de todo Mendes no hubiese podido quitarse el lastre Spielberg.

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Moisés en Bielorrusia

enero 14, 2009

Defiance_KB_083107_1212.CR2Si alguno de los escasos pero fieles lectores de este blog echa la cuenta, sabrá que en sus trece meses de vida se ha hablado de no menos de tres –cuatro con la que toca comentar ahora, Resistencia– películas sobre el tema del Holocausto judío a manos de los nazis. Un tema aparentemente inagotable que parece dar la razón a lo que propugnaba Norman Filkenstein en su polémico libro La industria del Holocausto, que ha conseguido que muchos hebreos retiren a este heterodoxo correligionario el saludo. Filkenstein defendía que se ha creado una auténtica red de intereses para mantener vivo el recuerdo del exterminio judío, con efectos de agitar la mala conciencia occidental y asegurarse el apoyo a la agresiva política del estado de Israel. Cualquier espectador de cine medianamente curioso sabrá que lo que decía al principio de estas líneas no es casualidad. Tantos libros y filmes sobre el tema, que llegan con una regularidad matemática, tiene que obedecer a algún fin.

Sin embargo, aunque parezca mentira, Resistencia se centra en uno de los aspectos menos conocidos de la Segunda Guerra Mundial, con una historia semiolvidada que el aparatoso cineasta Edward Zwick ha recuperado. No tanto la de unos judíos que lucharon por escapar a su triste destino como la del movimiento partisano ruso desarrollado tras las líneas alemanas. La propia historiografía soviética ha sido parca a pesar de la importancia que tuvieron estos guerrilleros en desorganizar la retaguardia enemiga. Muchos de ellos aprovecharon para erigirse en luchadores anticomunistas a la vez que antihitlerianos y entre ellos florecieron los nacionalistas antirrusos, como fue el caso de los partisanos ucranianos, que dispararon con la misma saña a la estrella roja y a la cruz gamada. Varios de estos grupos siguieron operativos en la postguerra hasta que el eficaz sistema represor de Stalin los eliminó. Todavía está por hacer la gran historia de este movimiento.

Volviendo a Resitencia, el film recupera la historia de los hermanos Bielski, encarnados por Daniel Craig, Liev Schreiber y Jamie Bell, granjeros bielorrusos judíos que consiguieron escapar a la matanza nazi tras la invasión de 1941. Con toda su familia muerta se refugiaron en los amplios bosques de la zona, donde se le acabaron uniendo muchos correligionarios fugados, en una cifra que rondaba los 1.200. La publicidad del film asegura que salvaron a más gente que Oskar Schindler. Uno nunca creyó que estas cosas fuesen objeto de competitividad, pero bueno. El caso es que los Bielski lideraron esta comunidad errante a lo Robin Hood que consiguió crear una pequeña civilización entre la urdimbre de los árboles y esquivar durante tres años a los perseguidores nazis.

El film tiene interés ideológico pero no cinematográfico. Zwick, el cerebro de la lejana serie Treinta y tantos y responsable de pretenciosas películas que en sus manos se quedan en nada (El último samurai, En honor a la verdad o Diamante de sangre, por no citar ese desastre a mayor gloria de la melena de Brad Pitt llamado Leyendas de pasión) vuelve a banalizar una historia con posibilidades, llena de tópicos y sin pasión narrativa. Sin embargo, los que manejan en Tel Aviv la masacre de Gaza se lo van a pasar muy bien con ella, pues Resistencia, empezando por su título, defiende cosas que a ellos les vienen muy bien. Aparte de la pedestre comparación de la aventura de estos judíos del bosque con el Éxodo de Moisés –donde no falta incluso un Mar Rojo hecho de ciénagas-, se habla de que los hebreos están solos en el mundo y no pueden confiar en nadie. Que todos los que le rodean, sean nazis o comunistas, les serán hostiles por naturaleza, como en la significativa relación del grupo del film con los partisanos rusos que siguen la ortodoxia de Moscú. Que el derecho a la autodefensa de los judíos es inapelable. Y que la ley del Talión, ojo por ojo y diente por diente, tiene plena validez y es justa, ya sea descuartizando a un prisionero nazi como en el film o arrasando mujeres y niños en Gaza. Filkenstein tampoco debe estar muy contento con Resistencia y su mensaje guerrero.


Discriminación positiva

enero 12, 2009

milkpennSi los Oscars, Globos de Oro y demás premios de cine que se otorgan en las primeras semanas del año –con una inflación que les va restando méritos, todo sea dicho- diesen galardones más flexibles Gus Van Sant podría ganar alguno. Me refiero a que junto a las categorías de siempre podrían crear algunas más divertidas pero que cubriesen aspectos de la industria que se escapan a los actores secundarios, mejores maquillajes y reconocimientos a toda una vida. Por ejemplo, Van Sant podría obtener el Oscar a la carrera más errática de la modernidad (o postmodernidad si les place). Un tipo capaz de debutar con la granulosa Mala noche, de convertirse en la gran esperanza del cine indie (en los 90, cuando la etiqueta todavía significaba algo) con títulos como Drugstore Cowboy y Mi Idaho Privado, (esta última en la que plantaba cara al propio Orson Welles en su shakesperiano terreno) y de coquetear con los Oscars en productos de tarde dominguera en una tele abierta como El indomable Will Hunting o Descubriendo a Forrester, tiene mérito. Ítem más cuando volvió a la radicalidad más radical con la trilogía de la muerte, formada por Gerry, la magistral Elephant y Last Days. Esto se remató con Paranoid Park, aún inédita en nuestras pantallas a pesar de tener dos años. Recordar también que entre medias Van Sant sacó tiempo para una de las operaciones más insensatas de unos años en el que el cine americano no ha andado escaso de saltos en el vacío, como fue el remake plano a plano de Psicosis. Que no era tal, pero esa es otra historia.

Enfrentarse a una nueva película de Gus Van Sant es pues una cara o cruz, a ver por donde sale. Ahora se ha vuelto de nuevo a la industria con Mi nombre es Harvey Milk, que le puede dar a Sean Penn su segundo Oscar, aunque ha sido derrotado en esa especie de primarias de la estatuilla de la Academia que son los Globos de Oro. Lo malo es que al cineasta se le nota demasiado que quiere caer bien a los votantes y ha hecho un film muy aséptico sobre este personaje que rompió barreras en Estados Unidos. Milk fue el primer activista gay en conseguir un cargo público como concejal en el ayuntamiento de San Francisco en 1977. Usó esta plataforma para defender los derechos de los homosexuales y derogar las legislaciones que les discriminaban. Fueron legendarios sus choques con la ultra Anita Bryant, uno de estos personajes que sólo pueden nacer en el caldo de cultivo del cinturón de la Biblia estadounidense. Milk acabó asesinado en noviembre de 1978 por Dan White, ex compañero de corporación, con el que también tuvo problemas. En el mismo atentado mató también al gran protector de Milk, el alcalde George Moscone.

Lo curioso del film es que a pesar de estar llevado por dos homosexuales, el propio director y el guionista –y verdadero impulsor del proyecto- Dustin Lance Black sea tan medido. Van Sant ha sido más directo hablando de la condición gay en otros títulos. Aquí parece que ha hecho lo que el propio Milk en su carrera política. Quitarse los vaqueros y las melenas hippies y ponerse trajes de chaqueta para llegar a más gente. Al asesinado concejal le salió bien, pero al director no, pues desarma mucho la propuesta, a pesar de los besos masculinos. De hecho Mi nombre es Harvey Milk acaba siendo una típica hagiografía de santoral laico que tanto gusta en Hollywood. Pero eso no es lo peor, pues el film es una muestra de lo dañina que puede ser la discriminación positiva. Viendo la película da la impresión de que todo lo que se mueve fuera del mundo homosexual sólo existe para hacer daño a los gays, y que los heteros son por definición unos garrulos sin remedio. Hasta se define el conflicto que tiene White, el asesino de Milk, como el de una homosexualidad latente, como si todos los problemas en la vida derivaran de la orientación sexual. Un poco excesivo. Creo que si viésemos esta misma película con los colectivos cambiados tendríamos más claro el tema.

Pero tras la decepcionante visión de Mi nombre es Harvey Milk la mayor desazón de uno viene de que Van Sant equivocó el blanco de su historia. El magnífico cineasta que reflexionó sobre la violencia americana en Elephant podría haber centrado su atención en el asesino Dan White, mejor que en las luces y escasas sombras de su ilustre víctima. White, encarnado por el gran olvidado de el reparto de No es país para viejos Josh Brolin, era uno de esos juguetes rotos del demencial sistema estadounidense, a pesar de estar integrado, con una esposa y un retoño. Ex policía, ex bombero, ex soldado en Vietnam, White no dejaba de ser un desarraigado que sólo sabía responder con violencia a unos cambios sociales que lo dejaban fuera, como tantos en el país del dólar. A ver si en el futuro otro cineasta anda más listo.