Pepe Escriche

marzo 30, 2008

       

       Decía el otro día el señor Microalgo, fiel seguidor por los vericuetos de la blogsfera, que no era cuestión de convertir el blog en una necrológica continua. Yo coincido con ese planteamiento, pues este Alcancero podría convertirse en una de esas viejas que sólo anuncian muertes, enfermedades y catástrofes. Pero me veo moralmente obligado a violar esta norma para hablar de la muerte de José María Escriche, Pepe, para los amigos, que eran muchos.

            No era una persona conocida, pero en el mundillo de los festivales de cine era un nombre prestigioso. Fundó en 1973 el Festival de Huesca, al que siguió vinculado toda su vida. Consiguió darle eso tan importante que es un nombre propio en un mercado tan saturado. Veló por él incluso cuando se dedicó a otras ocupaciones, como la política, ya que fue concejal en el ayuntamiento oscense varios años. Los que conocemos el evento sabemos de su rigor y honestidad, con su apertura hacia Iberoamérica. No lo traté mucho, pero recuerdo la conversación que tuve con él en su despacho en la última edición. Era de estas personas que tienes la sensación de que en cualquier momento te van a dar un abrazo porque hoy es hoy. Ya estaba aquejado según parece de la eufemística “larga enfermedad” que se lo ha llevado, pero no daba sensación ninguna de malestar. Era un ejemplo de la enorme vitalidad que desarrolló toda su vida, según cuentan los que le conocieron bien.

            Alcances tiene una gran deuda con él y con Huesca. En tiempos más oscuros para nosotros, el Festival de la ciudad desde donde se divisan los Pirineos siempre estuvo pendiente de Cádiz y echó unos cables impresionantes. Era nuestro único contacto con el mundo exterior, antes de que la nueva etapa abriera horizontes a otros festivales. Además, era un gran amigo de Cádiz. Venía con frecuencia, no sólo en Alcances, y se convirtió en un gran embajador nuestro. Lo siento por nuestras Cármenes, que mantenían con él una relación fraternal. Y lo siento por su equipo, Ángel, Lázaro y Montse. Estoy seguro que le harán el mejor homenaje que se puede hacer: mantener el Festival como un referente tal y como él hubiese seguido haciendo. Un abrazo alcancero a todos ellos y ellas.

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Lo menor de si

marzo 30, 2008

Lo mejor de mí es un melodrama español bastante curioso. Primero porque intenta en todo momento alejarse de este género bajo la patina de un film “moderno”, con ese punto de diseño molesto que tienen los filmes catalanes aunque cuenten historias cotidianas. Segundo porque invierte la secuencia, por usar la socorrida frase de las películas de ciencia ficción. A pesar de la entrega de la protagonista por amor, hasta el punto de darse a si misma de una forma literal y no metafórica, no es un drama desaforado. Incluso podríamos decir que es pragmático en su visión de las relaciones humanas. Una historia de amor en los tiempos de internet.

 

La cosa va de una joven periodista que acaba de conseguir una plaza fija en una radio como locutora (es significativo que esto de conseguir un empleo como Dios manda sea mostrado en el cine español como algo extraordinario) y se va a vivir con su novio, un atleta que corre vallas. Su vida parece como de anuncio de la tele, pero pronto la realidad hace su cruel aparición como suele. Su chico cae enfermo con una grave infección del hígado. La entrega de ella no es tan lacrimosa como debiera por varios motivos. Uno, en el proceso descubre algo que le hace ver que su chico no es lo fiable como debiera. Dos, él como que redescubre lo que vale ella al verla intentar levantarle el ánimo en el hospital. Pero ya las cosas no serán como antes.

            Con lo que Lo mejor de mí acaba siendo una historia sobre el desamor y no sobre como llevar la pasión hasta sus últimos extremos, como parece al principio. Ya lo dijimos más arriba, es una historia propia de estos tiempos descreídos. Hay dos detalles que le dan mucha ambigüedad. La chica protagonista se nos presenta al principio como una perfeccionista que quiere que su vida sea ideal. Tal vez por ello no sea capaz de perdonar. Y desde el comienzo del film, sabemos que el atleta no es digno de su amor por lo que descubrimos. Pero ella no atiende a que realmente la ha conocido como persona en el hospital. ¿Quién de los dos tiene razón? Todos y ninguno. La gran ironía de la película es que sus personajes pueden hacer sacrificios físicos pero no personales.

            El problema es que este atractivo planteamiento no cuaja por la forma en que esta rodado. Ya dijimos que tiene unos puntos de película “moderna” en su manera de tratar una historia realista muy molestos. El desarrollo tiene algunas caídas de ritmo, con atascos en los diálogos. Y los actores, a pesar del premio a Marian Álvarez en Locarno, no están a la altura. Todo ello daña a una obra que parafraseando su título, podía haber dado algo más de lo mejor de si.


El hijo pródigo

marzo 29, 2008

La noche es nuestra no deja de ser una tragedia griega. El héroe intenta escapar de su destino pero al final no puede evitar caer en él. Su sino no esta dictaminado por los dioses, sino por su tradición familiar. Forma parte de una estirpe de policías de la que ha intentando distanciarse. Lo malo es que lo hace tan bien que acaba cayendo en el otro lado de la ley sin pretenderlo, lo que le obliga a tomar su partido.

 

            Es el tercer largometraje de James Gray, que sólo ha rodado tres filmes en catorce años. En toda su parca obra ha unido siempre crimen y familia (Little Odessa, La otra cara del crimen). La noche es nuestra recupera los policiales setenteros, centrados en la lucha contra el delito y con ambigüedades morales. Pero básicamente es un magnífico drama familiar nada complaciente. La espléndida secuencia inicial lo expresa bien. El hijo destinado a ser pródigo (Joaquin Phoenix), que trabaja en una discoteca donde se distribuye droga, aparece en la fiesta de su padre, veterano y respetado capitán de policía (el gran Robert Duvall) . Su llamativo traje contrasta con los austeros de los policías. Su exuberante novia latina (Eva Mendes) choca con las sobrias esposas presentes. Las miradas que cruza con su padre y su hermano, otro superpoli (Mark Wahlberg), y los tiritos verbales entre ellos demuestran las malas relaciones. El remate de la secuencia es estupendo: Mientras el joven se morrea con su novia, los policías dedican un minuto de silencio a un compañero muerto el día anterior.

 

            El resto de la película trata de cómo estas barreras van cayendo y aproximando a los dos hermanos. Pero no es un guión fácil en el sentido de poner la elección por las fuerzas de la ley como la lógica. Para los dos hermanos será un proceso traumático y con grandes perdidas. Es una ironía, nos dice Gray, que para reforzar los lazos familiares haya que romper con todo lo demás. Para el personaje de Phoenix reencontrarse con los suyos significa alejarse de la familia rusa con la que se siente más integrado y más unido. El presentar a los mafiosos eslavos con los rasgos cotidianos de sus homólogos italianos es uno de los grandes hallazgos del film, que incluye otros, como una breve persecución de coches bajo la lluvia de cuya intensidad deberían aprender otros cineastas más dedicados a la acción que Gray. Y el haber sacado buen partido de tres actores tan discutibles como Wahlberg, Phoenix (ambos productores de la cinta) y sobre todo Eva Mendes. Tras ver este excelente y adulto film, sólo cabe desear que el cineasta se prodigue más y no deje pasar años entre película y película.


Una desaparición prematura

marzo 27, 2008

Rafael Azcona se fue en silencio, pero uno no cree que esta despedida a la francesa tuviese que ver con su legendaria discreción. Alguien que fustigó con tanto tino las costumbres hispanas debía tener bastante recelo de hacer pasar a los suyos por esa tortura nacional llamada velatorio. Y de que su nombre fuese usado en vano por famosos y famosetes de todo pelaje ante las cámaras glosando su figura. Tal vez se acordara del grotesco funeral que escribió para Berlanga en ¡Vivan los novios!

 

            Pero es curioso que este magnífico catador de nuestra esencia fuese tan poco español en otras cosas. En un país donde la figura del guionista profesional se halla circunscrita a la televisión, consiguió dedicarse en exclusiva a ello medio siglo, sin tener tentaciones de pasarse a la dirección. Cuando cualquier cantamañanas publicita su obra hasta la exasperación, Azcona permaneció en un obsesivo segundo plano. Sólo al final, quién sabe si azuzado por la enfermedad, rompió su silencio y empezó a pasearse por periódicos, televisiones y tertulias. Allí rompió otro tópico. Un sujeto discreto no tiene porque ser un huraño. Mostró una lucidez, elegancia y conocimiento de la vida encomiables antes de su prematura muerte. Y es que aunque pasaba de los 80, era una de estas figuras cuya desaparición siempre ocurre antes de tiempo.

 

            Azcona era un superviviente de una estirpe irrepetible. Era de los escritores antiguos, de los que dejaba la provincia para vivir la bohemia en Madrid y patearse los cafés. Lo mejor de su obra se halla al principio, cuando sus primeros guiones para Ferreri y Berlanga prolongaban sus corrosivos escritos literarios de los 50. Luego escribió demasiado –incluso para Bud Spencer- y su verdadera voz se perdió en el tráfago de guiones, aunque su oficio permitió a algunos directores hacer sus mejores obras. Ahí está el chiste del falangista con el brazo enyesado en La prima Angélica para demostrarlo. Tal vez Trueba y José Luis Cuerda fueron los que le permitieron reencontrarse consigo mismo al final de su carrera, recuperando sus raíces más hispanas. Precisamente para Cuerda dejó su último guión. Mientras se estrena Los girasoles ciegos, sólo nos queda sentir un escalofrío de desamparo. En noviembre Fernán-Gómez, en marzo Azcona. Nos están dejando huérfanos.

 

Publicado en “Diario de Cádiz” el 27 de marzo


El primer héroe multinacional

marzo 26, 2008

Desde ya 10.000 es una firme candidata a figurar en la lista de las peores películas que este Alcancero hace todas las Navidades. Roland Emmerich, director de brocha gorda donde los haya, fiel esbirro germano del cine americano más estruendoso, ese que se lo gasta todo en el departamento de efectos especiales y nada en los guionistas, ha caído definitivamente en el abismo. Esta seudoepopeya que recuerda a demasiadas cosas y no ofrece nada personal tiene la pesadez alemana en el peor sentido del término. Acumulación de disparates por centímetro cuadrado de pantalla sin nada de flexibilidad en su planteamiento.

            Al menos, el espectador de 10.000 debe agradecer a Emmerich que haga malas películas divertidas. La desfachatez de la historieta hace gracia si te coge de buenas. La cosa empieza con seudoantropología donde los prehistóricos se parecen sospechosamente a los sioux de las praderas. El que unos jinetes arrasen el poblado como el 7º de Michigan refuerza esa nada inocente sensación. Luego sigue con un remake encubierto de El guía del desfiladero –nos referimos a la desastrosa versión americana del año pasado-, con un malo con la voz deformada inclusive. A continuación, un segmento sacado de las persecuciones selváticas de Parque Jurásico, con unas extrañas aves gigantes en vez de velocirraptores. Seguimos con unas notitas desérticas y con antepasados de los masais a lo Las minas del rey Salomón  para acabar en una fantasía digna de los dislates de Cuarto milenio y similares. Todo narrado con un desprecio de la verosimilitud y sin cuidarse de ensamblar de forma medianamente plausible tanta acción verdaderamente asombroso.

            Pero hay algunos detallitos que indican que la película no es tan inocente como parece. 10.000 habla del primer héroe, pero se pierde la gran ironía que inicia la acción, cuando se convierte en un mito por matar en solitario a un mamut aunque en realidad lo ha hecho por una serie de casualidades. Pero por desgracia, es un primitivo honrado y asume que ha sido de rebote. La película le permite empero convertirse en una leyenda de verdad. Claro que para ello este blanquito deberá liderar la primera coalición multinacional y multiétnica y enfrentarse a un villano con indefinidos rasgos entre lo oriental y lo árabe. Con lo que parece ser que el primer héroe de nuestra raza es un antepasado de los Bush y sus coaliciones contra el terrorismo. Ni el mal cine se libra de que intenten metértela doblada ideológicamente.


Vidas falsificadas

marzo 23, 2008

Hace un par de meses, les hablaba de El último tren a Auswichtz, donde contaba como a pesar de la amplía filmografía sobre el Holocausto aún quedaban aspectos vírgenes para el cine. El estreno de Los falsificadores, producción austro-alemana que obtuvo el último Oscar al mejor film de habla no inglesa –beneficiándose descaradamente de una selección que marginó a la rumana 4 meses, 3 semanas, 2 días, a la china La boda de Tuya o a la taiwanesa  Deseo, peligro­-, incide en esta idea, al menos aparentemente. Trata de la participación de prisioneros judíos en la Operación Bernhard, también conocida como Operación Krüger, por el SS que la dirigió. Básicamente, consistió en el mayor plan de falsificación de moneda de la historia, amparado por el estado nazi. Se trataba de imitar libras esterlinas, luego también dólares, para pagar las operaciones encubiertas de los alemanes en el extranjero y para tratar de arruinar la economía británica inundando el mercado de divisas de libras falsas. Para un régimen que tenía como pilares asumidos la guerra y el asesinato masivo, falsificar moneda era como una travesura infantil.

            Se uno se informa sobre esta operación, la película se queda corta, pues trasciende lo que fue el Holocausto y se convierte en una apasionante historia, una de las menos conocidas de la Segunda Guerra Mundial, en gran medida porque los propios aliados la silenciaron tras la victoria. No es objeto de este post hablar sobre ella, pues eso nos llevaría muy lejos. Los interesados pueden clicar en este link e informarse. El caso es que las autoridades de las SS aislaron en uno de sus campos de concentración un área para crear los talleres para que trabajase el equipo de falsificadores, formado por expertos en varios campos: grabadores, impresores y demás profesionales de las artes gráficas, incluyendo delincuentes expertos en copiar billetes. Muchos, aunque no todos, eran judíos. Estos tenían “privilegios” a cambio de su trabajo, como mejores alojamientos y comida, y, sobre todo, la prolongación de sus vidas. Aunque la cuestión moral era evidente. Si trabajaban bien y las economías aliadas se venían abajo, podían ganar la guerra sus captores y verdugos. Si no, serían eliminados al no ser imprescindibles.

            Este el es debate que centra Los falsificadores, eludiendo las otras tramas de la compleja Operación Bernhard. Eso hace que la estrategia narrativa sacrifique la verosimilitud histórica. Hubo unos 140 “trabajadores” empleados en el taller de falsificación, pero en el film son un puñado. Es curiosamente uno de los problemas que también tiene El último tren a Auswichtz, donde los atestados vagones de los transportes de la muerte estaban muy vacíos para propiciar la identificación con unos pocos personajes. Este Alcancero se pregunta si los responsables de estos films no caen en la cuenta de que indirectamente le quitan hierro a muchos de los horrores del Holocausto al simplificarlos. Tampoco hay rastro de los no judíos que participaron en la inmensa estafa. Aparte de esto, decir que Los falsificadores tampoco pasará a la historia de las películas sobre el exterminio judío. Los debates morales que presenta entre los reclusos partidarios de seguir el juego a los nazis y los concienciados que quieren sabotear la operación son bastante tópicos. Es de destacar que el más destacado de este último grupo, Adolf Burger, queda muy bien parado. Tal vez porque aún vive y los responsables del film le agradecen en los créditos finales su asesoramiento. Burger es uno de los que más ha informado sobre la Operación Bernhard en varios libros que ha publicado. Frente a él, otra figura real, pero ésta más oscura. Salomón Sorowitsch, falsificador profesional ruso que sólo busca sobrevivir pero acaba siendo el dirigente del grupo. Los choques entre ellos destilan algún interés, pero no pasión. Entre medio, los horrores clásicos del campo de concentración, con la arbitrariedad de la vida y la muerte dispensada por las SS. En este aspecto no aporta nada nuevo a lo ya visto, aunque los nazis vuelven a ser crueles y cobardes de opereta. ¡Ay, dónde está el tortuoso y sanguinario Ralph Fiennes de La lista de Schindler, capaz de helarnos la sangre!

Empero, hay un aspecto donde Los falsificadores muestra cierto interés aunque no lo explota lo suficiente, y es en la gradación que de todos modos tuvo el Holocausto. Al final los bien alimentados y cuidados “empleados” de la Operación Bernhard se enfrentan a sus vecinos del campo de concentración del que han estado aislados, sintiendo que a pesar de todo han sido unos privilegiados. También en el desenlace de la trama, donde Sorowitsch toma una singular decisión para lavar su conciencia. El tema de fondo es la culpabilidad de los judíos que sobrevivieron a la matanza, que tuvieron que vivir con dos estigmas: las terribles experiencias vividas y la de preguntarse porque ellos se habían salvado. A lo mejor, en muchos casos, precisamente por colaborar con sus verdugos. Pero estos apuntes hubiesen merecido un mejor desarrollo para abrir, esta vez sí, una nueva vía de acercamiento al Holocausto. Esperemos que alguna película futura nos amplíe este campo y nos narre la cinematográfica y apasionante historia de la Operación Bernhard completa.


Un melodrama poco sedoso

marzo 23, 2008

Seda es un fenómeno editorial que refleja bien alguna de las características de nuestro tiempo cultural. Aunque se vende como novela, es un cuento que se lee en un rato. Los compulsivos escritores del siglo XIX se escandalizarán en sus tumbas de ver como esos tomos ingentes que ellos producían como churros se han convertido en pequeños ejemplares ideales para ser devorados en  AVE y puentes aéreos. Seda juega con el exotismo del misterioso Japón y con una historia que ofrece menos de lo que aparenta su aparataje literario. Pero está muy bien escrita y Baricco maneja con habilidad sus cartas, con esa estructura repetitiva que muchos de sus lectores reconocerán como propia de sus vidas.

            El libro se publicó en 1996, con lo que su adaptación cinematográfica ha tardado. En principio, el director, François Girard, parecía una magnífica elección. Cineasta poco prolífico, su excelente El violín rojo demostró que era capaz de manejar intimismo de categoría con estrellas y grandes presupuestos. Pero por desgracia el francés no se halla a la altura en Seda. El film no alcanza el lirismo necesario, sino que se queda en un melodrama con pretensiones de esos televisivos con que las cadenas nos torturan los fines de semana por la tarde. Girard se queda en la epidermis de la historia pero no sabe sacar todo su jugo. Su acercamiento cae en lo convencional, pero con un punto trascendente que juega en su contra. Demasiada fotografía bonita y demasiada música empalagosa. El fantasma del aburrimiento empieza a tomar cuerpo en el visionado del metraje. Además, la adaptación elimina por fuerza uno de los logros del libro. La repetición en los pasos del viaje del protagonista cada vez que se dirige a Japón que le daba a la historia su atractiva estructura pendular, la de un hombre que se mueve entre dos mundos completamente opuestos con el que acaba habiendo un insospechado diálogo.

            En cuanto a los actores, Alfred Molina demuestra su poderío, Michael Pitt, el hermano nada menor de Brad, sigue avisando de que puede ser uno de las estrellas del futuro y la insoportable Keira Knightley se empeña en su único recurso: poner permanente cara de asco. Hay que estar de acuerdo con Carlos Boyero. El estrellato de esta chica es uno de los grandes misterios del cine contemporáneo.