Agentes intergeneracionales

enero 30, 2008

Mortadelo y Filemón: misión salvar la Tierra es la lógica secuela de uno de los grandes éxitos del cine español que supo pulsar una tecla intergeneracional, la de cientos de españoles que se han criado con las criaturas paridas por el genio de Ibáñez. La primera entrega la dirigió el director español más adecuado para llevar a las imágenes el delirante mundo del autor de cómics, Javier Fesser, dotado de un poderoso estilo visual que devoró un poco la película. Demasiado personal para ser fiel adaptador de las imágenes de Ibáñez.

 

Curiosamente, el más neutro Miguel Bardem, sustituto de Fesser en esta secuela, si se pega más a los dibujos originales. Su estilo de dirección es menos poderoso, pero eso mismo consigue que se puedan ver los detalles en los planos como se veían en las viñetas de las entrañables ediciones de Bruguera. Eso hace que sea el diseño de producción el que prime sobre el estilo visual de Bardem, más académico quizás, pero más honesto. El resultado es una película que homenajea a los personajes de la TIA, incluyendo a Rompetechos, otro de los frikies paridos por Ibáñez, que aquí cobra más protagonismo. Los agentes se actualizan con preocupaciones ecológicas y con reivindicaciones salariales. Aunque la elección de Edu Soto como Mortadelo es un error, pues compone un personaje demasiado infantil. El que se lleva la palma como actor empero es el cañailla Alex O’Dogherty, como un agente rival con bastante gracia gaditana, detalle este último que domina mucho la película. Un informativo habla de que debido al cambio climático los pingüinos están emigrando al carnaval de Cádiz (sic) y en una de sus transformaciones Mortadelo imita a un cani viñero. Gades está de moda o la gente del cine veranea demasiado en Zahara.

 

En fin, que Mortadelo y Filemón: misión salvar la Tierra es una película que a pesar de sus hándicaps satisfará a los seguidores de los personajes de Ibáñez que pueden vivir un rato nostálgico de lectura de tebeos a la salida de clase. Su éxito el primer fin de semana de exhibición así lo atestigua.

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El tren del terror

enero 30, 2008

Frederic Raphael, escritor húngaro judío, guionista del último film de Kubrick, decía que detestaba La lista de Schindler porqué no la consideraba una película sobre el Holocausto, sino sobre el éxito. Su razonamiento era que el exterminio de los hebreos a manos de los nazis es una historia en la que mueren seis millones de personas, pero Spielberg hablaba de un puñado que se salvó. Suponemos que a Raphael tampoco le haría gracia El pianista de Polanski, otro que pudo contarlo.

            Desde este punto de vista, El último tren a Auschwitz, producción germano-checa, parece más adecuada a los intereses del autor húngaro. Cuenta el aterrador viaje de los últimos judíos berlineses que habían escapado hasta entonces a las redadas y fueron enviados como ganado a Auschwitz. Dentro de la amplia filmografía del Holocausto, tiene su punto de originalidad. Nadie había contado aún detalladamente lo que ocurría dentro de los transportes de la muerte a los campos de exterminio. Hacinados como sardinas en latas, sin comida ni agua, eran viajes que duraban días, en parte por las grandes distancias, en parte por las habituales paradas que tenían que hacer para dejar paso a los trenes militares, que tenían preferencia. El resultado es que muchos morían durante el angustioso trayecto, ahorrando trabajo al personal de Auschwitz cuando por fin llegaban.

            Y dicho esto, lamentar que la película sea tan mala y tan poco honesta consigo misma. No basta con presentar al espectador una situación terrible, sino que hay que saber transmitir ese horror. Y ahí se falla estrepitosamente. Se elige el recurso fácil al melodrama fácil y manipulador emocionalmente. Demasiado uso de los niños para provocar la tristeza del espectador, demasiados flashbacks contando la maravillosa vida que tenían todos ellos antes de que la solución final se cruzase en su camino (parece que no había un judío triste o con problemas familiares en el Berlín prehitleriano), demasiada música chillona, demasiadas lágrimas de telefilme de sobremesa. Así, esta estrategia acaba dañando a El último tren a Auschwitz irremediablemente, pues hace que no nos identifiquemos emocionalmente con el horror de la situación al darle tratamiento de melodrama barato.

            Pero lo peor es como la película se va cubriendo las espaldas a si misma como si no tuviese valor de llegar hasta el final. Es sabido, lo dijimos antes, que los judíos iban como sardinas en lata en los vagones. Aquí, en el que centra la acción, se nos dice al principio que hay cien personas, pero uno tiene la sensación de que no van a bordo más de 30. Necesario sin duda para mover los actores y la cámara, pero que va en contra de la verosimilitud histórica. Hay detalles de corrección política, como esos soldados del ejército regular alemán que le dan pan a los judíos en una parada, enfrentándose a los SS que custodian el tren (cuyo rubio jefe, por cierto, es el típico nazi de opereta). Mensaje: no todos los alemanes fueron malos. Curioso, si sabemos que uno de los dos directores del film es Joseph Vilsmaier, autor de Stalingrado, otro capote a las responsabilidades germanas en la Segunda Guerra Mundial. Y curioso que El último tren a Auschwitz se centre en judíos alemanes, los que menos sufrieron el Holocausto, sobre todo porqué a muchos de ellos les dio tiempo a emigrar antes de que el nazismo llegase al crimen contra su raza, que cayó con más fuerza sobre los hebreos del Este de Europa. La presencia de conductores del tren y saqueadores polacos parece que intenta también encender el ventilador del Holocausto para que todos se salpiquen. No cabe duda de que es un film muy Deustch.

            Sin embargo, lo más decepcionante es el final, pues hace que El último tren a Auschwitz  se convierta en otro film sobre el éxito en la línea de lo dicho por Raphael, ya que in extremis dos personas consiguen escapar del tren de la muerte y la película acaba con ellas sanas y salvas. Vislmaier y su codirectora Dana Vavrova dejan a los otros rindiendo viaje en el campo de exterminio por antonomasia y nos ahorran el pelado y la conducción a la cámara de gas. No han tenido valor de rematar su trabajo con el final lógico y montan un simulacro de Happy End para que el espectador no salga demasiado deprimido. Con lo que en realidad no hemos visto un film concienciado sobre una tragedia, sino un melodrama que no pasará a la historia de las películas del Holocausto.


Neoliberalismo aéreo

enero 21, 2008

Whisky Romeo Zulú es un film argentino que ha sido un éxito en su país. Se centra en el accidente que sufrió un 737 de la compañía LAPA (Líneas Aéreas Privadas Argentinas) el 31 de agosto de 1999. A pesar de las presiones empresariales y militares, pues la Fuerza Aérea tiene competencias sobre la aviación civil en el país del Río de la Plata, un fiscal investigó el hecho. Resulta que para la compañía lo de “privada” era más que una marca comercial, una declaración de intenciones neocon. La empresa ahorraba dinerito en seguridad y tenía los aparatos hechos una ruina, saltándose todos los protocolos para tener los aviones a punto. De alguna manera, la película se une así a ese cine argentino de denuncia de la clase empresarial que ha saqueado el país, y una advertencia para como el neoliberalismo está sin freno en sectores incluso tan sensibles como el transporte aéreo.

            Lo curioso es que el film es autobiográfico. Enrique Piñeyro, fue piloto de esa compañía antes de meterse en el cine. Dos meses antes de la catástrofe del 737 la dejó harto de que sus denuncias cayesen en saco roto. Así, el polifacético cineasta cuenta sus aventuras enfrentándose a los de LAPA. El film empieza titubeante, sobre todo por una historieta amorosa que no viene al caso y es totalmente prescindible. Pero a medida que avanza el metraje se afianza y se muestra la requisitoria contra el capitalismo salvaje con todos sus trucos. Romper la cohesión sindical, dividir a los trabajadores, etc. Aunque lo más deprimente tal vez sea ver como un gremio como los pilotos de aviación están dispuestos a coquetear con el suicidio ofertado por una empresa cicatera con tal de salvar sus puestos de trabajo. Sólo espero que no cometan el error de este Alcancero, que vio esta película de catástrofes aéreas en vísperas de un viaje a Finlandia que empieza mañana. Aprovechó para despedirme, no se si podré ver este blog desde algún ordenador en el lejano norte. A mi vuelta les cuento.


Asesinatos matemáticos

enero 21, 2008

Los crímenes de Oxford es de estas historias que ya cuenta con la complicidad del público de antemano. Independientemente de que haya quien conozca la trama propuesta por el argentino Guillermo Martínez en su novela Crímenes imperceptibles, los que vayan a verla están dispuestos a tragarse una trama llena de giros, sorpresas y un soporte filosófico que intente trascender la intriga.

Martínez es matemático de profesión, y pone de protagonistas a dos de los suyos, dos talentos de las ciencias exactas –un alumno y un veterano profesor- para resolver una cadena de misteriosos asesinatos en serie. Como en el caso de Expiación, Alcancero no ha leído la novela, y no sabe si en el libro original está mejor trabada la historia. En el film, todo resulta un tanto farragoso. De la Iglesia es buen director, pero las parrafadas que sueltan sus personajes de vez en cuando le vienen grande. Al madrileño se le da mejor la acción que la reflexión, que duda cabe, y en una película tan deudora de la filosofía hace que escore peligrosamente. En el fondo lo que se ventila no es quien es el asesino, sino si la matemática puede aspirar a dominar la realidad, el viejo sueño de la ciencia de los números. En esta aventura los dos matemáticos comprobaran lo que sabemos los seres humanos más pragmáticos: que el azar y la casualidad son los que controlan nuestras existencias, no la lógica.

Pero ya hemos dicho que a Alex de la Iglesia se le atasca este aspecto del asunto, lo que daña su filme dolorosamente. Tanta parrafada hace que a la película le falte aire, a lo que se añaden algunos otros problemas. Los personajes acaban siendo los típicos que subsisten en función del artificio de la trama, como si no tuvieran personalidad propia más allá de sus planteamientos (incluso el gran John  Hurt está sobreactuado). Algunas cosas suenan a arbitrarias. Es poco creíble, por ejemplo, que Elijah Wood tarde tanto en descubrir lo que debería ser muy obvio para un matemático tan brillante, por ejemplo. Todo esto hace que Los crímenes de Oxford, a pesar de su planteamiento brillante y su insólita conclusión, resulte un film fallido que se pierde demasiado en su propio discurso y le falta la agilidad que es la mejor seña de identidad de Alex de la Iglesia.


La guerra de Haggis

enero 21, 2008

No soy de los que se quedó impresionado con Crash, la película sorpresa de hace dos años en los Oscars. Siempre creí que era la más débil del quinteto nominado y que los académicos la usaron para cerrarle el paso a los vaqueros gays de Brockeback Mountain, la frustrada favorita. No me convenció demasiado esta trama demasiado rebuscada y demasiado deudora de los hábitos de Magnolia y otras películas corales de moda.

            Y con esta sinceridad este Alcancero debe decir que le ha impresionado mucho la nueva película escrita y dirigida por Paul Haggis, En el valle de Elah. Frente a la aparatosidad de Crash, este es un guión y una película mucho más ajustado. Se centra en una historia y lo hace muy bien, sabiendo usar el viejo truco del cine americano: utilizar los géneros como excusa para hablar de cosas mayores. Y es curioso que frente a la desmesurada ambición y subrayado de su oscarizado film, Haggis recurra a tácticas más sutiles y elegantes en En el valle de Elah. En principio, asistimos a un antiguo sargento de la policía militar retirado cuyo hijo desaparece tras volver de permiso de Irak, donde está luchando. En su búsqueda de que le ha pasado se delinean con maestría varios temas. La trama policíaca propiamente dicha, bastante efectiva. El choque que sufre el veterano al enfrentarse a la burocracia militar y a la verdadera personalidad de su hijo en el frente. Y como los nuevos soldados americanos son en el fondo unos críos medio psicópatas para los que la violencia es algo normal se ejerza contra quien se ejerza.

            Pero la grandeza de Haggis en este film es no quedarse en la cuestión política, sino en la humana. Basta una conversación telefónica entre el sargento (un soberbio Tommy Lee Jones) y su esposa (la no menos grande Susan Sarandon) para que notemos las tensiones entre ambos por la educación patriótica dada a su hijo. Basta un cena entre la insegura policía a la que da vida una estupenda Charlize Theron y el padre que busca a su hijo para que veamos que otro mundo es posible. El propio ex sargento tampoco era muy comunicativo con su perdido retoño, como vemos en un flashback. Así, de una forma sutil y sin alharacas, Haggis consigue mostrar un mundo donde la falta de comunicación puede explicar tanta violencia y tanta desestrucuturación social. Un soberbio film que si hay justicia en el mundo debería quedar mejor en los Oscars que la autosuficiente Expiación.


Expiando pasiones para los Oscars

enero 21, 2008

No he leído Expiación, de Ian McEwan, aunque una amiga muy fiable en esto de la literatura habla maravillas de ella. Puede que haya que acudir a la fuente original para disfrutar de esta historia sobre escritores verídicos y ficticios, ya que la adaptación es bastante fallida. Se nota mucho que es un film pensado para los Oscars y esta llena de golpes de efecto para impresionar a públicos y votantes. Demasiado autoconsciente a veces para resultar efectiva.

             Sin embargo, no es un film del todo despreciable, pero va perdiendo fuelle a medida que avanza. Tiene un magnífico y morboso arranque, con ese verano británico tan lleno de pasiones subterráneas como una pieza de Tennesse Williams. Hay un buen juego narrativo entre lo que ocurre de verdad y lo que monta la imaginación de la adolescente Briony, que siente la tentación de llevar a la vida práctica su imaginación de escritora en ciernes. Pero en el segundo segmento de la película todo empieza a estropearse. Hay un cambio de tono de lo mórbido a lo desesperadamente romántico que hiere a la trama, lleno de cosas tan gratuitas como ese plano secuencia de las playas de Dunkerque, abarrotadas de soldados ingleses esperando la evacuación. Espectacular pero que no aporta nada, en esa deriva que decíamos de montar un film para los Oscars. Claro que todo hay que revisarlo cuando llegamos al final de la cinta. Uno de estos desenlaces que obliga a repasar todo lo visto desde otro ángulo, tan de moda en el cine, y que puede que en la novela sea impresionante, pero en la película resulta insuficiente. A estas carencias se une la presencia de Keira Knightley, con la que este Alcancero reconoce tener un problema personal. Tal vez sea la actriz del momento, pero para mi que sólo tiene un mohín de asco en la cara que es su único recurso. Todo ello hace que Expiación sea un film insatisfactorio aunque puede ser uno de los del año recién iniciado, pues contiene ingredientes para captar públicos que pueden ver más allá de lo que ofrece de verdad la película.


Cazando criminales en los Balcanes

enero 16, 2008

La sombra del cazador es un curioso pero insatisfactorio film que no lleva hasta el final su estimulante propuesta. Da la impresión de que es la típica película donde alguien se asustó y acabó metiendo un desenlace con calzador. La línea de unión entre este y el resto del film es de las que cantan ópera, máxime viniendo de una secuencia que hubiese sido un final perfecto para la lógica de la historia.

            Esta deriva de un hecho real ocurrido al veterano corresponsal de guerra Scott Anderson, que en el verano de 2000 emprendió con otros compañeros periodistas la disparatada búsqueda de Radovan Karadzic, el reclamado criminal de guerra del conflicto yugoslavo. Hasta la fecha sigue desaparecido, aunque teóricamente mucha gente le está persiguiendo. Anderson contó su aventura en un artículo periodístico que ha dado pie a la película. Esta mantiene varios puntos de interés. Recordar a un país herido en esta nuestra Europa, cuya postguerra está demasiado olvidada en nuestros días. Sólo nos acordamos cuando hieren a nuestros soldados destacados allí en misión intermediaria, llamada de paz. Denunciar que la labor de los países occidentales no fue tan altruista como dice ser, y que tienen sus oscuros intereses que colisionan con las declaraciones de justicia. Pero sobre todo, mostrar lo que ocurre en una postguerra. Las tropas de la OTAN no son recibidas como salvadores, sino que hay resentimientos. Imponer una victoria no equivale a imponer tus ideales. Las causas que llevaron a la ex Yugoslavia a la guerra siguen latentes.

            Lo mejor es el tono usado para contarlo. El trío de periodistas se mueve en una tierra de nadie donde nada es lo que parece. Cualquier árbol puede ocultar una sorpresa. Las derivas internacionales de su búsqueda –aunque aquí no van tras  Karadzic, sino a un tal El zorro, puro trasunto del ex presidente serbio bosnio- les meten en un surreal mundo de intrigas y traiciones, con personajes entre desechos de Graham Greene y lugareños que parecen sacados del castillo de Drácula. Es un film que como dice uno de los personajes se mueve en la zona gris. Al menos, hasta su deficiente conclusión. También merece citarse la visión de los corresponsales de guerra. Queda claro que es un oficio en extinción ante el amuermamiento empresarial de los grandes medios. La rebelión de Richard Gere, que con la edad está aprendiendo a interpretar –aunque la función es de Terrence Howard-, más que profesional, es vital, la de un superviviente de otros tiempos. Aunque el hecho de que tenga una cuenta pendiente con El zorro saca algo la película de las causas abstractas y la mete en la de las venganzas personales.

            Queda una escéptica visión de todo, lejos de grandezas morales y periodísticas. Suficiente para salvar el visionado de La sombra del cazador. El hecho de que alguien impusiese ese final es demostrativo que a algún ejecutivo el mensaje le ha puesto nervioso.