Discriminación positiva

milkpennSi los Oscars, Globos de Oro y demás premios de cine que se otorgan en las primeras semanas del año –con una inflación que les va restando méritos, todo sea dicho- diesen galardones más flexibles Gus Van Sant podría ganar alguno. Me refiero a que junto a las categorías de siempre podrían crear algunas más divertidas pero que cubriesen aspectos de la industria que se escapan a los actores secundarios, mejores maquillajes y reconocimientos a toda una vida. Por ejemplo, Van Sant podría obtener el Oscar a la carrera más errática de la modernidad (o postmodernidad si les place). Un tipo capaz de debutar con la granulosa Mala noche, de convertirse en la gran esperanza del cine indie (en los 90, cuando la etiqueta todavía significaba algo) con títulos como Drugstore Cowboy y Mi Idaho Privado, (esta última en la que plantaba cara al propio Orson Welles en su shakesperiano terreno) y de coquetear con los Oscars en productos de tarde dominguera en una tele abierta como El indomable Will Hunting o Descubriendo a Forrester, tiene mérito. Ítem más cuando volvió a la radicalidad más radical con la trilogía de la muerte, formada por Gerry, la magistral Elephant y Last Days. Esto se remató con Paranoid Park, aún inédita en nuestras pantallas a pesar de tener dos años. Recordar también que entre medias Van Sant sacó tiempo para una de las operaciones más insensatas de unos años en el que el cine americano no ha andado escaso de saltos en el vacío, como fue el remake plano a plano de Psicosis. Que no era tal, pero esa es otra historia.

Enfrentarse a una nueva película de Gus Van Sant es pues una cara o cruz, a ver por donde sale. Ahora se ha vuelto de nuevo a la industria con Mi nombre es Harvey Milk, que le puede dar a Sean Penn su segundo Oscar, aunque ha sido derrotado en esa especie de primarias de la estatuilla de la Academia que son los Globos de Oro. Lo malo es que al cineasta se le nota demasiado que quiere caer bien a los votantes y ha hecho un film muy aséptico sobre este personaje que rompió barreras en Estados Unidos. Milk fue el primer activista gay en conseguir un cargo público como concejal en el ayuntamiento de San Francisco en 1977. Usó esta plataforma para defender los derechos de los homosexuales y derogar las legislaciones que les discriminaban. Fueron legendarios sus choques con la ultra Anita Bryant, uno de estos personajes que sólo pueden nacer en el caldo de cultivo del cinturón de la Biblia estadounidense. Milk acabó asesinado en noviembre de 1978 por Dan White, ex compañero de corporación, con el que también tuvo problemas. En el mismo atentado mató también al gran protector de Milk, el alcalde George Moscone.

Lo curioso del film es que a pesar de estar llevado por dos homosexuales, el propio director y el guionista –y verdadero impulsor del proyecto- Dustin Lance Black sea tan medido. Van Sant ha sido más directo hablando de la condición gay en otros títulos. Aquí parece que ha hecho lo que el propio Milk en su carrera política. Quitarse los vaqueros y las melenas hippies y ponerse trajes de chaqueta para llegar a más gente. Al asesinado concejal le salió bien, pero al director no, pues desarma mucho la propuesta, a pesar de los besos masculinos. De hecho Mi nombre es Harvey Milk acaba siendo una típica hagiografía de santoral laico que tanto gusta en Hollywood. Pero eso no es lo peor, pues el film es una muestra de lo dañina que puede ser la discriminación positiva. Viendo la película da la impresión de que todo lo que se mueve fuera del mundo homosexual sólo existe para hacer daño a los gays, y que los heteros son por definición unos garrulos sin remedio. Hasta se define el conflicto que tiene White, el asesino de Milk, como el de una homosexualidad latente, como si todos los problemas en la vida derivaran de la orientación sexual. Un poco excesivo. Creo que si viésemos esta misma película con los colectivos cambiados tendríamos más claro el tema.

Pero tras la decepcionante visión de Mi nombre es Harvey Milk la mayor desazón de uno viene de que Van Sant equivocó el blanco de su historia. El magnífico cineasta que reflexionó sobre la violencia americana en Elephant podría haber centrado su atención en el asesino Dan White, mejor que en las luces y escasas sombras de su ilustre víctima. White, encarnado por el gran olvidado de el reparto de No es país para viejos Josh Brolin, era uno de esos juguetes rotos del demencial sistema estadounidense, a pesar de estar integrado, con una esposa y un retoño. Ex policía, ex bombero, ex soldado en Vietnam, White no dejaba de ser un desarraigado que sólo sabía responder con violencia a unos cambios sociales que lo dejaban fuera, como tantos en el país del dólar. A ver si en el futuro otro cineasta anda más listo.

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One Response to Discriminación positiva

  1. Microalgo dice:

    Así que Sean Penn se dedica a darle besos en lso morros a la gente, con la esperanza de pillar un óscar. Qué cosas.

    (Lo sé, es un análisis simplista) (no se ponga rampante, que trataba de ser jocoso).

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