Querer y no poder

noviembre 29, 2008

queparezca

Gerardo Herrero es un profesional de nuestro cine que le gusta estar detrás de las cámaras en diversos cometidos, siempre directivos. Productor avezado, uno de los pocos que justifica el término “industria” en nuestro país, frecuentador y ganador habitual del Festival de Málaga, desde hace tiempo le ha cogido el gusto a dirigir sus filmes. Sin embargo, todo el talento que tiene como productor le falta como cineasta en activo. Sus películas siempre pecan de una falta de aire lamentable. Es un narrador pesado y al que le cuesta dar agilidad a sus narraciones, que siempre tiran a lo obvio por otra parte.

 

            Esto es grave en los dramas, en los que parecía haberse especializado Herrero, pero en una comedia es directamente letal. Y comedia es su último trabajo como director, Qué parezca un accidente. Un trama negra, con asesinos a sueldo y suegras cabreadas, como una actualización de los viejos chistes de la España eterna sobre las madres políticas que no funciona. Los defectos de Herrero chirrían más que nunca en esta película que no tenía malos mimbres, pero que el director desperdicia. Hay cosas inverosímiles desde el principio, como la “nacionalidad” de los actores. Está ambientada en Canarias –las instituciones oficiales del archipiélago que figuran al principio deben haber puesto dinerito para que sea así, lo que lleva a los habituales planos gratuitos turísticos- con Carmen Maura y José Luis García Pérez con sus respectivos acentos madrileño y sevillano. Esto no tendría importancia de no ser porque la actriz canaria Yaiza Guimare da vida a la hija de la Maura con su impecable deje guanche, mi niño. Nadie explica si doña Carmen y García Pérez son emigrantes –se supone que sí- y si la chica ha nacido allí, pero el efecto es chocante. Más bien es poca preparación de los personajes y demasiado gusto por la pela, como el meter argentinos sin ton ni son para justificar la coproducción con el país del Río de la Plata.

 

            Qué parezca un accidente pierde mucho tiempo en prolegómenos, algo bastante malo cuando la película dura 90 escasos minutos. El reencuentro entre el asesino encarnado por Federico Luppi y su hijo consume demasiado metraje de resultas de lo cual todo se resuelve con precipitación. Además, el pesado estilo de Herrero ralentiza en exceso la acción, con lo que los golpes de humor no son efectivos en una película no muy bien estructurada tampoco, con lo que va perdiendo fuelle poco a poco. Pero como de costumbre, merece la pena verse por el gran Luppi, cuyo formidable talento se encuentra una vez más por encima de una película. El que no se consuela es porque no quiere.

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La Iglesia contra el mundo

noviembre 29, 2008

elgreco

El Greco, presunta lujosa adaptación de la vida del genial artista cretense trasladado a Toledo, debería ser un film histórico, pero se convierte en un desgraciado debate actual. La viga maestra de la trama del film es el enfrentamiento que el pintor tiene con un viejo amigo, el cardenal Niño de Guevara, al que conoce en Venecia cuando ambos son dos ambiciosos jóvenes. Domenicos  es una pieza del taller de Tiziano que aspira a volar alto y el sacerdote un joven dominico (curiosa esta similitud entre su orden y el nombre del pintor) cuyo origen noble le promete grandes destinos en la España de la contrarreforma. El fraile queda fascinado por el talento del Greco, de una forma que recuerda Amadeus. Uno de los que más lo va a combatir es uno de los pocos que se da cuenta del genio del pintor y cree que el aliento de Dios está en sus pinceles. Más que en su teología y en su futura misión como inquisidor mayor de España, para su desgracia. Claro que malévolamente se deja caer que algo de fascinación homosexual hay de fondo, aunque este tema no se explota demasiado, pero las motivaciones de Niño de Guevara, que sería protagonista de un célebre retrato del pintor, son siempre oscuras en su devoción pictórica.

 

            El film toma cuerpo con el enfrentamiento entre el cardenal y El Greco, cuando el primero, parte por resentimiento, parte porque su cargo le obliga a convertirse en un integrista católico, empieza a perseguirle y llevarle ante el siniestro Tribunal de la Inquisición. Cuando la Iglesia raja de los totalitarismos modernos haría bien en recordar que los simulacros de juicios del stalinismo donde la sentencia estaba escrita antes de empezar el proceso (“Tiene derecho a un juicio justo antes de que lo ahorquemos”, diría el Roy Bean de El forastero) ya los inventó ella hace muchos siglos. Así, el film encuentra como decía al principio un eco siniestramente contemporáneo. Pues los argumentos usados por los profesionales de la Inquisición suenan excesivamente actuales, en esta demencial espiral integrista de la Roma del Papa Ratzi. Uno no cree que en los limitados talentos de los responsables de este film estuviese colocar de matute una historia ilustrada, pero es lo que les ha salido. Su defensa de la creación y la derrota de los integristas no deja de ser refrescante para un espectador racionalista de hoy en día.

 

            Y es lo que salva una película bastante floja. Con estética de telefilme de lujo, El Greco alcanza su interés cuando Juan Diego Botto, el único del reparto que parece tomárselo en serio (El guaperas Nick Ashdon como el pintor cretense es de pena) aparece con todo el siniestro peso del cardenal Niño de Guevara en escena. Lo demás es pura quincallería, desde una ambientación más bien pobre hasta un ridículo maquillaje que envejece a los actores aumentándoles las canas pero dejándoles intactas las pieles, que lucen tan lozanas como a los veinte años. No obstante, a lo mejor es que uno se halla muy sensible a estos temas, pero el peso del conflicto inquisitorial me valió el visionado. Así está la cosa con los huracanes que soplan desde el Vaticano.


Hawks revisitado

noviembre 24, 2008

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Al Western lo han dado por muerto, pero de vez en cuando da sus buenos coletazos. El éxito critico y en los Oscars de la magistral Sin perdón lo resucitó algún tiempo, pero volvió a dormitar tras una serie de filmes mediocres que no supieron explotar el caballo que Eastwood hizo de nuevo galopar. Pero por alguna razón que se nos escapa, este declinante 2008 ha visto cómo el género de los vaqueros ha dado tres filmes bastante estimables. Enfrentados recuperaba las historias de venganza. La sorprendente El tren de las 3:10 actualizaba el clásico de Delmer Daves desde una perspectiva contemporánea. Y ahora llega Appaloosa, dirigida y protagonizada por Ed Harris. Por desgracia, las tres han fracasado estrepitosamente en taquilla, con lo que los pistoleros y demás parece que se enfrentan a otro período de hibernación.

 

            Ed Harris, un magnífico actor demasiado constreñido a secundarios, también es un ambicioso y dotado director. Lo demostró hace unos años con su biografía del pintor Jackson Pollock. Sus más que buenas maneras quedan claras en Appaloosa. Es un western clasicista, que esquiva la etiqueta crepuscular, que con frecuencia recae en los últimos clásicos del género. No presenta pistoleros viejos, sino en plena forma y actividad. No es extraño, pues Harris sigue el mundo de Howard Hawks, que era de todo menos decadente. Como en las obras maestras del gran cineasta americano (Río Bravo, El Dorado, etc), se nos presenta básicamente una historia de amistad masculina amenazada por una mujer. Virgil y Everett son dos viejos compinches que alquilan sus pistolas al mejor postor. Son contratados por las fuerzas vivas de Appaloosa, un pequeño pueblo dominado por un ranchero despótico, para que les libre de él. Nombrados agentes de la ley de la localidad, su vieja amistad se resiente cuando aparece una aparentemente decorosa dama. El aspecto hawksiano del film se refuerza en algunas escenas emblemáticas sacadas del acervo del gran maestro que nos hace pensar que Harris va a hacer una nueva versión encubierta de Río Bravo. Y los aspectos de comedia con la guerra de sexos que siempre fue otro de los grandes temas de Hawks.

 

            Pero Harris demuestra tener personalidad propia en su película, y sabe usar los referentes pero recrearlos a su manera en este Western muy Western, pues los aficionados al género quedarán satisfechos. Hay tiroteos, persecuciones e incluso indios, los grandes ausentes de los últimos filmes del Oeste. El director y protagonista rueda con precisión y le da un final lógico y agridulce a su historia, que no obstante se halla contagiada del vitalismo que desprenden los grandes clásicos antes de que Leone y Peckinpah lo reescribieran todo. Lo mejor es que Harris no tiene miedo a rodearse de grandes actores que le pueden hacer sombra. Viggo Mortenssen, que tras sus experiencias con Cronenberg se afianza como actor film a film, Jeremy Irons como el ranchero y Lance Henriksen como un cazarrecompensas. Pero lo mejor es que consigue que la habitualmente sobreactuada Renée Zellwegger se centre en su complejo papel y dé lo mejor de si misma.


Viejo nuevo Bond

noviembre 24, 2008

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Tras la sorpresa de Casino Royale James Bond sigue reciclándose en su nueva aventura, demostrando que lo ocurrido en el film anterior no fue flor de un día. Son curiosas estas reinvenciones que están teniendo tantos héroes de la pantalla, desde Batman al propio 007, pasando por Superman, aunque éste último no salió bien parado en las manos de Bryan Singer. Quantum of Solace demuestra que hay un proyecto sólido sobre el viejo-nuevo agente con licencia para matar. Y no sólo porqué la película sea una secuela temática de Casino Royale, empezando poco después de que Bond pierda a su chica en los canales de Venecia y la venganza guíe sus pasos, sino porque el personaje va evolucionando.

 

            Mejor sería decir “refinándose”, pero no en un sentido social, aunque Daniel Craig lleve mejor aquí el smoking que en su percutante debut. Bond, tosco en Casino Royale, aprende aquí a ser malévolo. Es tan violento y primario como en su primera –aunque oficialmente era la vigésimo primera- aventura, pero usando la neolingua neocon, ha aprendido a gestionar sus crueles recursos. Sabe dominarlos pero no porque la civilización entre en sus músculos, sino porque los guarda para su gran momento, cuando se enfrente a los responsables de la muerte de Vesper Lynd. Además, aprende a engañar a M y darle coba, pues capta la relación casi maternal que tiene con él y la manipula. Es aquí donde un excelente Craig se une al 007 por antonomasia, Sean Connery, en vestir de Armani a un auténtico depredador.

 

            Esto lleva a Bond a ser más agresivo que en ocasiones interiores. Implacable en su venganza como el Lee Marvin de A quemarropa nada le detiene. La acción se dispara en esta segunda película Craig, y es curioso ver como sigue los nuevos parámetros de la serie: ofrecer más de lo mismo pero de manera distinta. Hay persecuciones por carretera, entre lanchas y tiroteos, pero con soluciones espectaculares y novedosas que hace que a nuestros cansados ojos parezcan nuevas. Pero sigue primando la psicología y la complejidad de unos personajes donde lo positivo parece que no tiene opciones. Y hay momentos de gran brillantez, como la forma que tienen de reunirse en público pero en privado usando una representación de Tosca.

 

            También se han reciclado los villanos, de una forma muy estimulante. Cuando todo Hollywood anda pendiente de los terroristas árabes como la megaamenaza del tercer milenio, aquí se nos presenta a Quantum, una extraña organización supranacional. Se vende al mejor postor para todo tipo de “trabajos” y usa como pantalla una ONG que en realidad trafica con aquello que defiende, como el agua. El ascendente actor francés Mathieu Almaric pone la cara a este grupo con su solvencia habitual. En suma, que parece que James Bond, tras acabar siendo durante muchos años un espectáculo familiar de domingo tarde bajo los rasgos de Pierce Brosnan, ha encontrado una nueva y adulta voz. Que sea por muchos años.


Asesinos cotidianos

noviembre 21, 2008

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Gomorra parte del escalofriante libro de investigación que un joven –27 años- Roberto Saviano escribió sobre las actividades de la Camorra, la organización criminal que domina Nápoles y el sur de Italia. Una panda que ha hecho de la discreción su mayor virtud, pues ha dejado que sus hermanos sicilianos se lleven la fama, pero no necesariamente la lana. La Camorra, a pesar –o igual gracias a ello-de controlar un territorio bastante pequeño es de las mafias más rentables y más sanguinarias, dejando en mantillas a los Corleone y a los Tony Montana. Al final del film se nos dice que en 30 años han cometido 40.000 asesinatos del ala (¿Cuándo podemos empezar a considerar el termino “genocidio”?), además de tener los mercados de droga más rentables del planeta y otros negocios sucios. Un auténtico cáncer social que no olvida, pues desde que editó el libro Saviano vive bajo escolta policial pues los camorristas se la han jurado por desvelar sus miserias.

 

            Hasta la fecha, Mateo Garrone, el director de la versión fílmica, no parece que haya tenido problemas. Tal vez se halla curado en salud, pues la palabra “Camorra” no se menciona en ningún momento, como hizo Coppola en la saga Corleone con el término “Mafia”. Además al pasarlo a formato de narración cinematográfica no se sigue el enfoque documental del libro de Saviano, con lo que algo puede diluirse su impacto. Pero sólo algo. A pesar de que su masacre inicial pueda hacer pensar lo contrario, la Gomorra cinematográfica no sigue los patrones impuestos por el cine americano para hablar de estas pandas. Lo que vemos es un desolador cuadro donde el crimen campa por sus respetos. No es una tragedia operística a lo El padrino ni la crónica de un ascenso y caída a lo Scorsese, aunque algo queda, como en la historia de la madre que pierde a sus hijos que quieren separarse de la banda principal. O en estos dos descerebrados canis auténticos que quieren prosperar en la organización imitando al Pacino de El precio del poder pero son dos tontos de remate, sobrados de chulería y faltos de inteligencia. El que éste sea un tipo muy común en nuestros días, sean de la Camorra o no, es bastante impactante.

 

            Lo que hay de verdad es la crónica, rodada con técnicas documentales, de una organización criminal en su vida cotidiana. No hace falta contar su auge y caída porque ya está allí como el Génesis, desde el principio de los tiempos y lo que le queda. Esto es lo verdaderamente escalofriante del film, el ver que la corrupción y la violencia son el pan nuestro de cada día en la sociedad napolitana. Matar o delinquir allí es como para nosotros coger al autobús para ir a trabajar. No hay moralina barata, sino pura mostración del día a día de esta gente, que han sabido reciclar sus negocios. También se dedican por ejemplo a quitar de en medio residuos tóxicos a fabricantes sin escrúpulos, con lo que han conseguido aumentar en un 20% los casos de cáncer en los lugares donde los colocan. El que Garrone haya cogido actores no profesionales, alguno de los cuales tuvo problemas con la ley tras el rodaje, acentúa la sensación de realidad de este trabajo, que nos acerca al crimen organizado con la desnudez y sin el glamour que a veces lo rodean en el cine. Eso sí, recomiendo que si van a verla doblada no lo hagan. Es la copia que yo vi y el doblaje es espantoso, haciendo mucho daño al visionado. Si tienen que esperar al DVD para verla subtitulada háganlo, merecerá la pena.

 

            Y un detalle personal. Lo que más acojonó a este Alcancero es ver como esta panda de canis napolitanos –aunque están podridos de pasta los camorristas viven como parados de una película irlandesa- se parecían tanto a los de la ciudad donde vive. Rodada en verano, esas playeras, bermudas horteras y camisetas baratas me sonaban demasiado. Es como si ese viñero gordo que se toma en verano su tinto con casera y juega al bingo con su familia en La Caleta fuese capaz de acercársete por la espalda y vaciarte un cargador a quemarropa. Por cierto, el libro de Saviano está editado en bolsillo en España por unos escasos 8 euritos, por si a alguien le interesa.


Las guerras del siglo XXI

noviembre 10, 2008

reddementiras

      Red de mentiras deja claro como serán las guerras del siglo XXI. O al menos así lo ven los analistas del Pentágono. Para ellos se acabaron las grandes batallas tipo Normandía o Stalingrado, con miles de hombres dándose caña a través de las alambradas. Los futuros –actuales- enemigos son terroristas, que no presentan un frente unido y se infiltran como las corrientes de Sun Tzu en nuestras líneas. Así que los nuevos combates los dirimirán los agentes secretos en las guerras encubiertas. Tal vez el despegar de China como mega potencia obligué a volver a las divisiones acorazadas masivas para hacer frente a su populosa población, pero a fecha de hoy es lo que hay en los gabinetes de estrategia.

             El film nos cuenta una de estas batallas, ambientada en el mundo de los guerreros de la CIA. Al guionista William Monahan (oscarizado por Infiltrados) y al director Ridley Scott no parece afectarle el descrédito que los inefables hermanos Coen han lanzado sobre la agencia (“Explíquemelo cuando tenga sentido” es una de las frases cinematográficas del año) en la reciente Quemar después de leer. Claro que este film no está solo. La incapacidad de la CIA para descubrir las grandes conspiraciones actuales es ya más que preocupante, y algunos autores la atacan con saña. Es el caso del ex agente Robert Baer con su polémico libro Soldado de la CIA, que inspiró la película Syriana. Baer criticaba que se estuviesen sacrificando los agentes de campo en manos de una sofisticada tecnología que no mejora el factor humano. O el demoledor Historia secreta de la CIA, de Joseph Trento, que desenmascara los primeros tiempos de la organización como un club de graduados de las universidades de élite americanas que siempre iba por detrás de los mucho más proletarios servicios de inteligencia soviéticos. No corren buenos tiempos para la legendaria agencia.

 

Pero volvamos al cine, que al fin y al cabo es el contenido de este blog. Red de mentiras es la segunda película estrenada en menos de un año por Scott y  su cuarta colaboración con Russell Crowe. La quinta, Nottingham, donde recupera la leyenda de Robin Hood ya está en marcha. La anterior, American Gangster, la pudimos ver las pasadas navidades. Y por desgracia todo lo que se veía de malo en la película sobre las andanzas de Frank Lucas se confirma. Pasados los 70 años, Ridley Scott, el lejano director de Alien  y Blade Runner, parece haber tirado la toalla en las cuestiones temáticas y se vuelca en las formales. Como las guerras que narra él también se ha vuelto un cineasta tecnocrático, más atento a la belleza de los planos y el impactante montaje que a desarrollar las potencialidades de la trama. Hay en Red de mentiras temas interesantes a los que hincar el diente, como el choque entre el agente de campo, encarnado por Leonardo Di Caprio y su jefe, un duro e implacable burócrata al que da vida un excelente Russell Crowe, quien es como un ejecutivo de la CIA. Lleva siempre el pinganillo del manos libres conectado por si tiene que llamarle su subordinado sobre el terreno. Los cargos de la agencia y los brokers de Wall Street tienen los mismos métodos. Hay detalles malévolos, como la contraposición entre la vida del agente siempre al peligro en Oriente Medio y el tren de vida, familia incluida, de su jefe. También de cómo la CIA mangonea las agencias afines de los países aliados. Y de cómo las operaciones encubiertas tienen sus costes morales y como la razón de estado ahoga los sentimientos.

 

Pero Scott no quiere complicarse la vida y prefiere el espectáculo, desperdiciando las opciones que tenía de darle más enjundia a su material. Que la película es técnicamente irreprochable y te da un par de horas de entretenimiento es innegable. Que podía haber sido algo más ambiciosa y se pasa de puntillas por lo que podía ser la caña del film también lo es. Además, hay dos detalles que dañan Red de mentiras. Uno, el tonillo de tantos filmes del Nuevo Orden, en que no se cuestiona el qué hay que hacer para salvar al mundo occidental, sino el cómo se hace, al estilo de La guerra de Charlie Wilson. Y otro, lo increíble que resulta que un agente tan aplicado y al que hemos visto matar a sangre fría como el encarnado por Di Caprio sea tan torpe en medir las consecuencias que tiene el operativo que monta con el desdichado arquitecto sirio y sufra una crisis de conciencia.

 

Pero a pesar de ello la CIA que no tema, que sigue manteniendo su legendario nombre. No en vano lo primero que ha hecho el presidente electo Barack Obama es reunirse con ella para que le cuente como va el mundo.


Pandilla nada salvaje

noviembre 8, 2008

soloquierocaminar

 

     Hay un serio error táctico en el desarrollo de Sólo quiero caminar. Es cuando aparece en la trama un DVD de Grupo salvaje (Pandilla salvaje en el México donde transcurre gran parte de la acción), el inmarchitable clásico de Sam Peckinpah del cual se nos ofrecen algunas de sus imágenes. Uno se da cuenta entonces de lo que ha intentado hacer Díaz Yanes en su nuevo thriller y no consigue en absoluto: que su panda de atracadoras sean herederas de aquellos “desperados” que sólo tenían como horizonte vital la violencia pero con una ética que les llevaba a sacrificarse por un amigo. Como William Holden y compañía, las protagonistas se van a “luchar” a México contra un mafioso sin escrúpulos en vez de con un general sangriento. Pero no es lo mismo.

 

            Tal vez parte del problema sea el reparto femenino. Uno no acaba de creerse a Elena Anaya, Ariadna Gil y Pilar López de Ayala como mujeres al límite. Sí a Victoria Abril, que a pesar de la antipatía que despierta su persona sabe dotar de realidad a sus personajes como ella sola. Sólo quiero caminar se une así a otras películas españolas que fallan en convertir el glamour en proletariado. Recordamos Libertarias, con esa Ana Belén embutida en el mono azul de miliciana de la Guerra Civil diciendo “pobre como una rata” con el Max Factor cantando ópera. Pero no todo en el film es un problema de credibilidad, sino de diseño de personajes. Ariadna Gil (que curiosamente salía junto con Victoria Abril en Libertarias) se pasa la película con cara de “estoy torturada” como único recurso. López de Ayala aparece y desaparece a voluntad de Díaz Yanes, que parece que no sabe muy bien como encajarla en la trama una vez cumplida su misión inicial en la película. Y, sobre todo, el film está muy mal contado, hecho como a brochazos, perdiendo mucho tiempo en mostrar nimiedades y pasando por encima en cosas más fundamentales. También se hace un lío en el enfoque. Se supone es un film de atracos con carácter social que de repente pasa a ser uno de golpes perfectos a lo Ocean’s Eleven. Demasiada ambición y demasiados huecos en la narración. Añado: ¿Por qué tiene Díaz Yanes que recuperar de forma tan gratuita al personaje de su excelente ópera prima Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto Gloria Duque si no explota tal circunstancia? Encima no cojea, sin que se explique donde ha sido la operación milagrosa.

 

            Y es paradójico que en este film fundamentalmente femenino, que no deja de seguir la estela de Los años desnudos en denunciar la eterna explotación sexual de la mujer, sea un hombre el que se lleva la palma. El mexicano Diego Luna, frío y sentimental asesino embutido en un tarantiniano traje negro, que a lo mejor se beneficia de que el sector femenino del film se halla demasiado disperso. Él es quien con su interpretación salva el visionado.

 

            Aunque me gustaría acabar usando mis privilegios de amo del blog y hacer un llamamiento al ilustre Paco Fox si se pasa por aquí (o tal vez alguno de sus allegados le pueda dar el aviso). Como algecireño de pro que es ¿Cómo valora que la película arranque con un megaatraco en su localidad natal lleno de mafiosos rusos de poca monta?