El cansancio del héroe

Uno cree que el regreso de Johnny Rambo y Rocky Balboa de la manos de ese leño llamado Sylvester Stallone es algo más que el deseo del ¿actor? de levantar su hundida carrera. El bueno de Sly, como es llamado informalmente, no tiene el talento necesario para reciclarse en un secundario de lujo con derecho al Oscar. Ni la perspicacia de su amigo Arnie de convertirse en governator de California cuando intuye que sus buenos tiempos han pasado. Stallone es Stallone y con la tosquedad de sus dos personajes mayores sabe que sólo le queda seguir adelante con ellos, como única opción de seguir vivo.

 

El caso es que si el año pasado resucitó a Rocky, ahora le ha tocado el turno a John Rambo en un film llamado precisamente así, como el personaje. Y no es que la película sea buena, que no lo es, entre otras cosas por un guión maluno obra del propio Stallone que también dirige, pero un espectador atento notará en ellas ciertas sorpresas. Y es que parece que Sly aprovecha para hacer un paralelismo entre el antiguo veterano de Vietnam y su propia fracasada carrera. Rambo apareció por primera vez en Acorralado, en 1982, adaptando la novela Primera sangre de David Morrell. Era un film que se lamentaba de cómo los USA habían usado a sus soldaditos de carne de cañón en el sudeste asiático y luego los habían olvidado. Un lamento propio de la era postvietnam y postwatergate. Pero el año anterior a esta película Ronald Reagan había llegado a la Casa Blanca y empezó manu militari a devolver al águila del Tío Sam las plumas perdidas. Rambo, en sus dos siguientes incursiones de 1985 y 1989 se unió a esta tendencia. En una volvía a Vietnam a rescatar prisioneros de guerra, y en la otra luchaba ¡con los talibanes afganos! contra los soviéticos. Entonces se estaba lejos de sospechar que algún día esos fervientes anticomunistas pasarían a ser del eje del mal.

 

 Ahora Johnny Rambo está cansado. No hay un comprensivo coronel Truman, suponemos que porque el actor que lo encarnaba, Richard Crenna, murió hace tiempo. Se gana la vida cazando cobras para espectáculos y pescando en Tailandia. Hasta que un grupo de misioneros le pide ayuda para guiarlos a llevar consuelo a Bimania, que padece una sangrienta dictadura que no atrae mucho los medios de comunicación. Así, Stallone se cubre las hipermusculadas espaldas después del fiasco de los talibanes. Es difícil que un grupo de misioneros cristianos acabe atrayendo las iras de los futuros inquilinos del Despacho Oval. Y entrar a saco en Birmania es una causa justa.

 

Rambo pues no lucha contra los enemigos obvios del nuevo orden mundial, como son los árabes. Y en su tratamiento de la violencia sorprende. No es heroica y necesaria como en las otras entregas, sino desagradable. Johnny llega a la sorprendente conclusión de que si mata no es por su país, sino porque le va la marcha. Y cuando llega la esperada batalla final, su realismo y crudeza la aleja de toda traza de heroísmo. Es algo salvaje y sangriento, a lo Salvar al soldado Ryan. Miren por donde, al final el héroe acaba hastiado de la violencia. Hay un detalle muy significativo. Uno de los misioneros echa en cara a Rambo el uso de la violencia. Al final tiene que ejercerla. En las otras entregas de la serie esto hubiese estado bien visto. Pero ahora es un detalle que más que hablar de que siempre hay que tener un buen rifle a mano, queda como muestra de un mundo desquiciado donde hay que matar o morir. Sly se nos ha metido a filósofo darwinista.

 

Repito que John Rambo no es una buena película, pues es previsible, tosca y con diálogos y situaciones risibles. Pero el presumible cansancio vital de un hombre que generó millones para una industria que lo abandonó sin contemplaciones en las vacas flacas se transmite a su film. Johnnie ha madurado y ya sólo quiere pasar de todo. Héroes o no, así es como acabamos todos.

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