Vidas falsificadas

Hace un par de meses, les hablaba de El último tren a Auswichtz, donde contaba como a pesar de la amplía filmografía sobre el Holocausto aún quedaban aspectos vírgenes para el cine. El estreno de Los falsificadores, producción austro-alemana que obtuvo el último Oscar al mejor film de habla no inglesa –beneficiándose descaradamente de una selección que marginó a la rumana 4 meses, 3 semanas, 2 días, a la china La boda de Tuya o a la taiwanesa  Deseo, peligro­-, incide en esta idea, al menos aparentemente. Trata de la participación de prisioneros judíos en la Operación Bernhard, también conocida como Operación Krüger, por el SS que la dirigió. Básicamente, consistió en el mayor plan de falsificación de moneda de la historia, amparado por el estado nazi. Se trataba de imitar libras esterlinas, luego también dólares, para pagar las operaciones encubiertas de los alemanes en el extranjero y para tratar de arruinar la economía británica inundando el mercado de divisas de libras falsas. Para un régimen que tenía como pilares asumidos la guerra y el asesinato masivo, falsificar moneda era como una travesura infantil.

            Se uno se informa sobre esta operación, la película se queda corta, pues trasciende lo que fue el Holocausto y se convierte en una apasionante historia, una de las menos conocidas de la Segunda Guerra Mundial, en gran medida porque los propios aliados la silenciaron tras la victoria. No es objeto de este post hablar sobre ella, pues eso nos llevaría muy lejos. Los interesados pueden clicar en este link e informarse. El caso es que las autoridades de las SS aislaron en uno de sus campos de concentración un área para crear los talleres para que trabajase el equipo de falsificadores, formado por expertos en varios campos: grabadores, impresores y demás profesionales de las artes gráficas, incluyendo delincuentes expertos en copiar billetes. Muchos, aunque no todos, eran judíos. Estos tenían “privilegios” a cambio de su trabajo, como mejores alojamientos y comida, y, sobre todo, la prolongación de sus vidas. Aunque la cuestión moral era evidente. Si trabajaban bien y las economías aliadas se venían abajo, podían ganar la guerra sus captores y verdugos. Si no, serían eliminados al no ser imprescindibles.

            Este el es debate que centra Los falsificadores, eludiendo las otras tramas de la compleja Operación Bernhard. Eso hace que la estrategia narrativa sacrifique la verosimilitud histórica. Hubo unos 140 “trabajadores” empleados en el taller de falsificación, pero en el film son un puñado. Es curiosamente uno de los problemas que también tiene El último tren a Auswichtz, donde los atestados vagones de los transportes de la muerte estaban muy vacíos para propiciar la identificación con unos pocos personajes. Este Alcancero se pregunta si los responsables de estos films no caen en la cuenta de que indirectamente le quitan hierro a muchos de los horrores del Holocausto al simplificarlos. Tampoco hay rastro de los no judíos que participaron en la inmensa estafa. Aparte de esto, decir que Los falsificadores tampoco pasará a la historia de las películas sobre el exterminio judío. Los debates morales que presenta entre los reclusos partidarios de seguir el juego a los nazis y los concienciados que quieren sabotear la operación son bastante tópicos. Es de destacar que el más destacado de este último grupo, Adolf Burger, queda muy bien parado. Tal vez porque aún vive y los responsables del film le agradecen en los créditos finales su asesoramiento. Burger es uno de los que más ha informado sobre la Operación Bernhard en varios libros que ha publicado. Frente a él, otra figura real, pero ésta más oscura. Salomón Sorowitsch, falsificador profesional ruso que sólo busca sobrevivir pero acaba siendo el dirigente del grupo. Los choques entre ellos destilan algún interés, pero no pasión. Entre medio, los horrores clásicos del campo de concentración, con la arbitrariedad de la vida y la muerte dispensada por las SS. En este aspecto no aporta nada nuevo a lo ya visto, aunque los nazis vuelven a ser crueles y cobardes de opereta. ¡Ay, dónde está el tortuoso y sanguinario Ralph Fiennes de La lista de Schindler, capaz de helarnos la sangre!

Empero, hay un aspecto donde Los falsificadores muestra cierto interés aunque no lo explota lo suficiente, y es en la gradación que de todos modos tuvo el Holocausto. Al final los bien alimentados y cuidados “empleados” de la Operación Bernhard se enfrentan a sus vecinos del campo de concentración del que han estado aislados, sintiendo que a pesar de todo han sido unos privilegiados. También en el desenlace de la trama, donde Sorowitsch toma una singular decisión para lavar su conciencia. El tema de fondo es la culpabilidad de los judíos que sobrevivieron a la matanza, que tuvieron que vivir con dos estigmas: las terribles experiencias vividas y la de preguntarse porque ellos se habían salvado. A lo mejor, en muchos casos, precisamente por colaborar con sus verdugos. Pero estos apuntes hubiesen merecido un mejor desarrollo para abrir, esta vez sí, una nueva vía de acercamiento al Holocausto. Esperemos que alguna película futura nos amplíe este campo y nos narre la cinematográfica y apasionante historia de la Operación Bernhard completa.

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