Prensa descafeinada

abril 22, 2009

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Los periodistas, que sé que alguno (más bien alguna) lee este blog, deberían ver la quinta y última temporada de The Wire, una obra maestra de la televisión de la que puede algún día les hable. Una de las tramas tiene que ver con un periódico, cosa lógica teniendo en cuenta que el cerebro de la serie es David Simon, antiguo plumilla de Baltimore, la ciudad donde transcurren las andanzas del policía McNulty y sus amplios compañeros. En esta temporada final se pueden ver signos del huracán que ahora asola a la prensa española. Cuando aparecen por primera vez los redactores del rotativo hablan de que otra cabecera del grupo sita en Filadelfia está sufriendo recortes de personal. Cuando tienen una reunión de primera el director les dice que lo que está pasando en la ciudad de Rocky no tiene porque afectarles. Acto seguido pregunta por determinada información que no tiene a su juicio un buen seguimiento. Alguien levanta la mano. “Es que desde que nos quitaron al becario de la sección de transportes y no fue reemplazado no tenemos gente para cubrir esto”. Por supuesto, a medida que avanza la temporada el tsunami de Filadelfia llega a Baltimore. La redacción es convocada y tiene que tragarse un discurso. “No tenemos ya tanta publicidad, etc., etc., así que tenemos que cerrar las corresponsalías y no tenemos más remedio que despedir gente. Los que nos quedemos – nota: se ve que el que da el discursito no teme por su empleo- tenemos que aprender a hacer más con menos”. Por cierto, que cuando uno de los periodistas ve a la procesión de directivos con cara fúnebre antes de esto dice fatalista “ya nos han vendido otra vez”. Recordar que esto fue emitido en Estados Unidos en 2006.

 

            Hay más perlas como esta, incluso algunas sobre la ética del periodismo, sobre como el reportero de raza está siendo sustituido por juntaletras guays que no se complican la vida, pero esto nos llevaría muy lejos. Bueno, les cuento una última que me encanta, que se produce cuando Gus, ese editor del periódico protector de los suyos y garante del periodismo responsable, personaje que después de mi experiencia y la de mis amigos periodistas creo solo existe en el cine, le dice a una joven redactora “con frecuencia lo menos interesante de una información es lo que está entrecomillado”. Viene a cuento esta larga introducción a que me acordé mucho de esta quinta temporada de The Wire viendo el otro día La sombra del poder. El film es una adaptación de State of Play, una miniserie de culto de la BBC de 2003, que no conozco (a ver si alguna distribuidora se apiada y la saca en DVD aprovechando el tirón) pero que según parece ha sido adelgazada en su traspaso a la gran pantalla. Esto puede explicar que se haya optado por la trama más policíaca que por los temas de fondo que se apuntan y no se explotan bien, como restos del alabado guión de la serie que han quedado flotando en el film pero sin cuajar. Uno de ellos es una reflexión sobre el periodismo, sus límites éticos y donde empieza y acaba su responsabilidad. Russell Crowe, que por mucho que caiga mal con sus numeritos es un actor de calado, es un periodista que investiga un caso que implica a uno de sus mejores amigos, congresista de gran proyección, encarnado por un Ben Affleck que está aprendiendo con los años a hacer algo más que mover la barbilla. En esta historia que le afecta personalmente se saltará las reglas y los protocolos de su profesión, en un marco parecido al contado en The Wire. Su periódico tiene nuevos dueños y a lo mejor es una historia que toca teclas peligrosas, pues el congresista se hallaba investigando a una corporación que recuerda demasiado a la Halliburton de Dick Cheney, al mismo tiempo que todos están histéricos por la bajada de publicidad y de ventas. También se habla de la relación entre prensa y política y de cómo este maridaje es complicado.

 

            Pero como dije antes todos estos temas, que podían haber dado una buena salsa al guiso de La sombra del poder, quedan diluidos. Es más, uno se atrevería a decir que están dispuestos precisamente para eso, para dar al público la sensación de que el film tiene más empaque del que en realidad tiene. Con lo que el film se agrega a esta fastidiosa línea de títulos que se queda a las puertas de una intensidad en la que nadie ha querido entrar. Porque se trata en definitiva de hacer un nuevo thriller de lujo y crímenes que resulta ser medianamente efectivo. Y si la ven, no se hagan muchas preguntas sobre la trama. Igual descubren un par de contrasentidos que lo dañan todo.


Viejo nuevo Bond

noviembre 24, 2008

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Tras la sorpresa de Casino Royale James Bond sigue reciclándose en su nueva aventura, demostrando que lo ocurrido en el film anterior no fue flor de un día. Son curiosas estas reinvenciones que están teniendo tantos héroes de la pantalla, desde Batman al propio 007, pasando por Superman, aunque éste último no salió bien parado en las manos de Bryan Singer. Quantum of Solace demuestra que hay un proyecto sólido sobre el viejo-nuevo agente con licencia para matar. Y no sólo porqué la película sea una secuela temática de Casino Royale, empezando poco después de que Bond pierda a su chica en los canales de Venecia y la venganza guíe sus pasos, sino porque el personaje va evolucionando.

 

            Mejor sería decir “refinándose”, pero no en un sentido social, aunque Daniel Craig lleve mejor aquí el smoking que en su percutante debut. Bond, tosco en Casino Royale, aprende aquí a ser malévolo. Es tan violento y primario como en su primera –aunque oficialmente era la vigésimo primera- aventura, pero usando la neolingua neocon, ha aprendido a gestionar sus crueles recursos. Sabe dominarlos pero no porque la civilización entre en sus músculos, sino porque los guarda para su gran momento, cuando se enfrente a los responsables de la muerte de Vesper Lynd. Además, aprende a engañar a M y darle coba, pues capta la relación casi maternal que tiene con él y la manipula. Es aquí donde un excelente Craig se une al 007 por antonomasia, Sean Connery, en vestir de Armani a un auténtico depredador.

 

            Esto lleva a Bond a ser más agresivo que en ocasiones interiores. Implacable en su venganza como el Lee Marvin de A quemarropa nada le detiene. La acción se dispara en esta segunda película Craig, y es curioso ver como sigue los nuevos parámetros de la serie: ofrecer más de lo mismo pero de manera distinta. Hay persecuciones por carretera, entre lanchas y tiroteos, pero con soluciones espectaculares y novedosas que hace que a nuestros cansados ojos parezcan nuevas. Pero sigue primando la psicología y la complejidad de unos personajes donde lo positivo parece que no tiene opciones. Y hay momentos de gran brillantez, como la forma que tienen de reunirse en público pero en privado usando una representación de Tosca.

 

            También se han reciclado los villanos, de una forma muy estimulante. Cuando todo Hollywood anda pendiente de los terroristas árabes como la megaamenaza del tercer milenio, aquí se nos presenta a Quantum, una extraña organización supranacional. Se vende al mejor postor para todo tipo de “trabajos” y usa como pantalla una ONG que en realidad trafica con aquello que defiende, como el agua. El ascendente actor francés Mathieu Almaric pone la cara a este grupo con su solvencia habitual. En suma, que parece que James Bond, tras acabar siendo durante muchos años un espectáculo familiar de domingo tarde bajo los rasgos de Pierce Brosnan, ha encontrado una nueva y adulta voz. Que sea por muchos años.


Asesinos cotidianos

noviembre 21, 2008

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Gomorra parte del escalofriante libro de investigación que un joven –27 años- Roberto Saviano escribió sobre las actividades de la Camorra, la organización criminal que domina Nápoles y el sur de Italia. Una panda que ha hecho de la discreción su mayor virtud, pues ha dejado que sus hermanos sicilianos se lleven la fama, pero no necesariamente la lana. La Camorra, a pesar –o igual gracias a ello-de controlar un territorio bastante pequeño es de las mafias más rentables y más sanguinarias, dejando en mantillas a los Corleone y a los Tony Montana. Al final del film se nos dice que en 30 años han cometido 40.000 asesinatos del ala (¿Cuándo podemos empezar a considerar el termino “genocidio”?), además de tener los mercados de droga más rentables del planeta y otros negocios sucios. Un auténtico cáncer social que no olvida, pues desde que editó el libro Saviano vive bajo escolta policial pues los camorristas se la han jurado por desvelar sus miserias.

 

            Hasta la fecha, Mateo Garrone, el director de la versión fílmica, no parece que haya tenido problemas. Tal vez se halla curado en salud, pues la palabra “Camorra” no se menciona en ningún momento, como hizo Coppola en la saga Corleone con el término “Mafia”. Además al pasarlo a formato de narración cinematográfica no se sigue el enfoque documental del libro de Saviano, con lo que algo puede diluirse su impacto. Pero sólo algo. A pesar de que su masacre inicial pueda hacer pensar lo contrario, la Gomorra cinematográfica no sigue los patrones impuestos por el cine americano para hablar de estas pandas. Lo que vemos es un desolador cuadro donde el crimen campa por sus respetos. No es una tragedia operística a lo El padrino ni la crónica de un ascenso y caída a lo Scorsese, aunque algo queda, como en la historia de la madre que pierde a sus hijos que quieren separarse de la banda principal. O en estos dos descerebrados canis auténticos que quieren prosperar en la organización imitando al Pacino de El precio del poder pero son dos tontos de remate, sobrados de chulería y faltos de inteligencia. El que éste sea un tipo muy común en nuestros días, sean de la Camorra o no, es bastante impactante.

 

            Lo que hay de verdad es la crónica, rodada con técnicas documentales, de una organización criminal en su vida cotidiana. No hace falta contar su auge y caída porque ya está allí como el Génesis, desde el principio de los tiempos y lo que le queda. Esto es lo verdaderamente escalofriante del film, el ver que la corrupción y la violencia son el pan nuestro de cada día en la sociedad napolitana. Matar o delinquir allí es como para nosotros coger al autobús para ir a trabajar. No hay moralina barata, sino pura mostración del día a día de esta gente, que han sabido reciclar sus negocios. También se dedican por ejemplo a quitar de en medio residuos tóxicos a fabricantes sin escrúpulos, con lo que han conseguido aumentar en un 20% los casos de cáncer en los lugares donde los colocan. El que Garrone haya cogido actores no profesionales, alguno de los cuales tuvo problemas con la ley tras el rodaje, acentúa la sensación de realidad de este trabajo, que nos acerca al crimen organizado con la desnudez y sin el glamour que a veces lo rodean en el cine. Eso sí, recomiendo que si van a verla doblada no lo hagan. Es la copia que yo vi y el doblaje es espantoso, haciendo mucho daño al visionado. Si tienen que esperar al DVD para verla subtitulada háganlo, merecerá la pena.

 

            Y un detalle personal. Lo que más acojonó a este Alcancero es ver como esta panda de canis napolitanos –aunque están podridos de pasta los camorristas viven como parados de una película irlandesa- se parecían tanto a los de la ciudad donde vive. Rodada en verano, esas playeras, bermudas horteras y camisetas baratas me sonaban demasiado. Es como si ese viñero gordo que se toma en verano su tinto con casera y juega al bingo con su familia en La Caleta fuese capaz de acercársete por la espalda y vaciarte un cargador a quemarropa. Por cierto, el libro de Saviano está editado en bolsillo en España por unos escasos 8 euritos, por si a alguien le interesa.


Las guerras del siglo XXI

noviembre 10, 2008

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      Red de mentiras deja claro como serán las guerras del siglo XXI. O al menos así lo ven los analistas del Pentágono. Para ellos se acabaron las grandes batallas tipo Normandía o Stalingrado, con miles de hombres dándose caña a través de las alambradas. Los futuros –actuales- enemigos son terroristas, que no presentan un frente unido y se infiltran como las corrientes de Sun Tzu en nuestras líneas. Así que los nuevos combates los dirimirán los agentes secretos en las guerras encubiertas. Tal vez el despegar de China como mega potencia obligué a volver a las divisiones acorazadas masivas para hacer frente a su populosa población, pero a fecha de hoy es lo que hay en los gabinetes de estrategia.

             El film nos cuenta una de estas batallas, ambientada en el mundo de los guerreros de la CIA. Al guionista William Monahan (oscarizado por Infiltrados) y al director Ridley Scott no parece afectarle el descrédito que los inefables hermanos Coen han lanzado sobre la agencia (“Explíquemelo cuando tenga sentido” es una de las frases cinematográficas del año) en la reciente Quemar después de leer. Claro que este film no está solo. La incapacidad de la CIA para descubrir las grandes conspiraciones actuales es ya más que preocupante, y algunos autores la atacan con saña. Es el caso del ex agente Robert Baer con su polémico libro Soldado de la CIA, que inspiró la película Syriana. Baer criticaba que se estuviesen sacrificando los agentes de campo en manos de una sofisticada tecnología que no mejora el factor humano. O el demoledor Historia secreta de la CIA, de Joseph Trento, que desenmascara los primeros tiempos de la organización como un club de graduados de las universidades de élite americanas que siempre iba por detrás de los mucho más proletarios servicios de inteligencia soviéticos. No corren buenos tiempos para la legendaria agencia.

 

Pero volvamos al cine, que al fin y al cabo es el contenido de este blog. Red de mentiras es la segunda película estrenada en menos de un año por Scott y  su cuarta colaboración con Russell Crowe. La quinta, Nottingham, donde recupera la leyenda de Robin Hood ya está en marcha. La anterior, American Gangster, la pudimos ver las pasadas navidades. Y por desgracia todo lo que se veía de malo en la película sobre las andanzas de Frank Lucas se confirma. Pasados los 70 años, Ridley Scott, el lejano director de Alien  y Blade Runner, parece haber tirado la toalla en las cuestiones temáticas y se vuelca en las formales. Como las guerras que narra él también se ha vuelto un cineasta tecnocrático, más atento a la belleza de los planos y el impactante montaje que a desarrollar las potencialidades de la trama. Hay en Red de mentiras temas interesantes a los que hincar el diente, como el choque entre el agente de campo, encarnado por Leonardo Di Caprio y su jefe, un duro e implacable burócrata al que da vida un excelente Russell Crowe, quien es como un ejecutivo de la CIA. Lleva siempre el pinganillo del manos libres conectado por si tiene que llamarle su subordinado sobre el terreno. Los cargos de la agencia y los brokers de Wall Street tienen los mismos métodos. Hay detalles malévolos, como la contraposición entre la vida del agente siempre al peligro en Oriente Medio y el tren de vida, familia incluida, de su jefe. También de cómo la CIA mangonea las agencias afines de los países aliados. Y de cómo las operaciones encubiertas tienen sus costes morales y como la razón de estado ahoga los sentimientos.

 

Pero Scott no quiere complicarse la vida y prefiere el espectáculo, desperdiciando las opciones que tenía de darle más enjundia a su material. Que la película es técnicamente irreprochable y te da un par de horas de entretenimiento es innegable. Que podía haber sido algo más ambiciosa y se pasa de puntillas por lo que podía ser la caña del film también lo es. Además, hay dos detalles que dañan Red de mentiras. Uno, el tonillo de tantos filmes del Nuevo Orden, en que no se cuestiona el qué hay que hacer para salvar al mundo occidental, sino el cómo se hace, al estilo de La guerra de Charlie Wilson. Y otro, lo increíble que resulta que un agente tan aplicado y al que hemos visto matar a sangre fría como el encarnado por Di Caprio sea tan torpe en medir las consecuencias que tiene el operativo que monta con el desdichado arquitecto sirio y sufra una crisis de conciencia.

 

Pero a pesar de ello la CIA que no tema, que sigue manteniendo su legendario nombre. No en vano lo primero que ha hecho el presidente electo Barack Obama es reunirse con ella para que le cuente como va el mundo.


Tren hacia los 70

octubre 31, 2008

 

Es curioso como hábitos setenteros se están apoderando de nuestro cine. Los años desnudos recuperan las películas S y Diario de una ninfómana el cine erótico de qualité francés a lo Historia de O. A ellos se une Transsiberian, con un adecuado título inglés y con reparto internacional. En los años 60 y 70 se pusieron de moda filmes de género, coproducciones muchas veces hispano-italianas, de presupuestos infames y con actores anglosajones de segunda fila o viejas estrellas que ya no cotizaban en Hollywood. Los directores eran mediterráneos emboscados tras alias que sonaban a California o también lo que en la industria americana se conoce con el hiriente término has been, han sido. Gente como Robert Aldrich o Robert Siodmak acabaron sus carreras con peplums o spaghetti westerns. Este cementerio de elefantes intentaba pasar por producciones internacionales de peso. 

            Transsiberian tiene algo de esto, aunque no es un caso aislado. Su productor, el catalán Julio Fernández, lleva tiempo con su firma Filmax haciendo producciones con ese espíritu, si bien modernizado en el tiempo, aunque sigue la mezcla de actores americanos y patrios con un adecuado nivel de inglés. Los resultados han sido más bien mediocres a excepción de la sorprendente El maquinista, que a pesar de seguir la gozosa tradición del subgénero de hacer pasar los suburbios de Barcelona por Los Angeles, fue una gratísima sorpresa más allá de la anorexia inducida de un soberbio Christian Bale. Tal vez por ello Fernández ha confiado en su director, Brad Anderson, para el proyecto de Transsiberian, aunque hay que decir desde ya que se ha quedado muy lejos del título anterior.

 

            Eso sí, la película recupera otras dos tradiciones de ese cine setentero del que deriva. Una, las fotitos de los protagonistas en el cartel. Otra, es inevitable pensar en uno de los clásicos de esas producciones, Pánico en el Transiberiano, de Eugenio Martín, que mezclaba en su reparto a Peter Cushing y Chistopher Lee con Silvia Tortosa, lo que no deja de ser meritorio. Pero si el primer film ambientado en el legendario tren panruso era de terror hecho al estilo Hammer, que imperaba mucho en esa época, el de Anderson es un thriller ambientado en la Rusia postcomunista. Un caos donde nada funciona y que tiene tics de la guerra fría, como nativos antipáticos y chillones junto con una policía que no olvida los hábitos del KGB. Casi veinte años después de la caída del muro sigue siendo un país hostil y poco recomendable. Pero Transsiberian tiene muchos problemas. El verdadero conflicto tarda mucho en estallar y lo que hay antes es bastante aburrido, perdiéndose mucho tiempo en prolegómenos. Cuando empieza la verdadera trama, lo que queda es un thriller apañadito pero muy insuficiente, aunque la presencia del gran Ben Kingsley ayuda a mejorar el visionado. Y que no deja se seguir la filosofía Hostel de que los americanitos típicos harían mejor quedándose en casa y no saliendo de viaje. Aunque lo peor es que te queda la sensación de que esta historia se podía haber ambientado perfectamente en Milwaukee y no hacía falta el anzuelo del Transiberiano. Pero es norma de estas películas ofrecer un gran escaparate que no contiene a la larga mucho contenido.


Delitos familiares

mayo 25, 2008

Los buenos directores, cuando llegan a viejos, y sortean tanto los obstáculos de una vida como de una profesión muy traicioneras, hacen dos tipos de películas. Unos, como Buñuel, Rohmer o Borau hacen lo que les da la real gana, confundiendo a veces la chochera creativa con la libertad absoluta. Otros, caso de John Ford o Clint Eastwood, ennegrecen su mirada, como una triste constatación de que vivir mucho no lleva a la felicidad. Sydney Lumet pertenece a este último grupo.

 

            Director clave de los 70, responsable de excelentes crónicas criminales como Serpico, El príncipe de la ciudad o la poco conocida pero extraordinaria Distrito 34, corrupción total, Lumet cumplió el pasado año medio siglo tras la cámara, debutando con la célebre adaptación de Doce hombres sin piedad. Tras otra de sus brillantes crónicas sobre la corrupción, La noche cae sobre Manhattan, Lumet cayó en un parón que parecía definitivo, trabajando en televisión –volviendo a sus orígenes- y rodando un innecesario remake de la gran Gloria¸ de John Casavettes. Fue galardonado hace tres años con un Oscar honorífico. Pero como a otros maestros –John Huston tras su decepcionante versión de Bajo el volcán– se le dio por muerto prematuramente. Regresó hace dos años con la estupenda ¡Declaradme culpable!, donde entre otras cosas demostró que el armario empotrado de Vin Diesel era capaz de interpretar. Y ahora nos ofrece Antes que el diablo sepa que has muerto, una de las películas del año.

 

            Lumet debe sentirse cómodo en el actual momento del cine americano, puesto que los filmes policiales setenteros, a los que él contribuyó decisivamente, están de moda y son referencia de excelentes películas (Adiós, pequeña, adiós, La noche es nuestra) y otras más fallidas (Dueños de la calle), con lo que sus viejos postulados están de moda. Antes que el diablo sepa que has muerto forma parte de las películas criminales que ofrecen una de sus variantes más sugestivas, como es la línea abierta por Billy Wilder en la magistral Perdición: gente corriente que se mete a asesinos impelidos por las circunstancias, en un negocio que les supera. Lo bueno es que Lumet, con este planteamiento, hace una desoladora crónica familiar. La historia habla de dos hermanos que ante sus problemas económicos deciden asaltar la joyería de sus padres, aunque las cosas no salen como quieren. Es un film bastante amargo. En la película, nadie se quiere y todos se traicionan de alguna manera. Los hijos que rompen el lazo sagrado paterno-filial, pero también el padre que acaba saltándoselo, la esposa infiel, los hermanos que no se ven nunca, etc. Es sintomático que el cerebro del atraco sea un ejecutivo de la contabilidad. Y que la única persona con la que pueda confesarse sea su camello, aunque este se limite a cobrar la pasta.

 

            Y hay también una crítica a la competitividad americana que sólo genera heridas y reproches. Quién sabe si este drama se incubó en una infancia presionada. Y queda claro que la violencia genera violencia, en una espiral inacabable. Los resentimientos familiares estallan y salpican a todos. Lumet cuenta este contundente drama de forma magistral. El narrarlo con una estructura discontinua no es una concesión a la modernidad, sino un calidoscopio estimulante. Y el veterano cineasta tiene la sobriedad de los grandes maestros. Cuenta lo que debe sin un plano de más y sin un plano de menos, sin alardes y sin concesiones. Soy consciente de que esta es la semana de la decepcionante cuarta entrega de Indiana Jones, pero si quieren ver cine con mayúsculas vayan a ver Antes que el diablo sepa que has muerto.


La justicia no consuela

mayo 17, 2008

En tiempos más ideologizados para la crítica, Sentencia de muerte hubiese sido despachado como un film fascista sin más contemplaciones, teniendo en cuenta además sus antecedentes al estar basada en una novela de Brian Garfield. Este autor fue el que inspiró con sus obras la célebre serie cinematográfica del justiciero Charles Kersey, encarnado por el fetiche de este tipo de filmes, Charles Bronson. Su trama también parece inequívoca, pues habla de un padre de familia que se venga de la banda de delincuentes que mató a su hijo adolescente en un absurdo ritual de iniciación. Pero en estos confusos tiempos posmodernos, donde no se sabe donde está el bien y donde está el mal, Sentencia de muerte, vaya por Dios, no es una película tan fácil de despachar.

 

            Es injusta compararla con el modelo Bronson, pues los filmes de Kersey eran maniqueos. El justiciero tenía toda la razón del mundo y  nunca erraba en su criterio de quién merecía una balazo. Por el contrario, esta película de James Wan, el que rodó la primera, mejor y más malsana película de la serie Saw, es muy ambigua. Cierto que los asesinos son unos descerebrados, pero la tesis acaba siendo de que es mejor una mala ley que la justicia por su mano. El padre que encarna Kevin Bacon, ante la presumible poca condena que la va a caer al asesino de su hijo, prefiere no declarar en su contra y buscarle personalmente para matarle. Pero no encontrará la paz con esto, sino que será el principio de una espiral de violencia incontrolable. La decisión del justiciero sólo le traerá más daño y dolor y claramente la voz de la inspectora de Policía es la de la razón al condenar la justicia por la propia mano. Incluso el padre pierde su condición burguesa y acaba pareciéndose demasiado a aquellos que los persigue.

 

            Pero hay más sorpresas, como la figura de John Goodman, este gran actor que por cierto es lo mejor de la chorrada de la que les hablaba el otro día, Speed Racer. Parece un secundario, pero luego juega un papel crucial y lleva a la película a su verdadero mensaje: el que la violencia sólo sirve para desestructurar familias. Todo esto se une a una dirección más que competente en las escenas de acción y al clima malsano que se está apoderando de la cinta, con un final ambiguo y con un desenlace en estas ruinas postindutriales que tan bien manejó Wan en Saw. Tras Sentencia de muerte queda claro que a este treintañero director hay que seguirle la pista del todo.