Ciudad de demonios

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Los Angeles no goza de buena prensa, ni, sobre todo, de buena literatura. No por falta de calidad, sino de simpatía de sus cronistas. La caótica ciudad californiana es célebre no por sus bellezas, sino por un departamento de Policía cuyos índices de brutalidad y corrupción son legendarios y por una criminalidad que incluye bastantes asesinos en serie, que se ve florecen como setas tras la lluvia en ese medio ambiente social. Los juglares de Los Angeles no son Woody Allen ni Paul Auster, sino Raymond Chandler y James Ellroy. No hay canciones sobre la ciudad fundada por misioneros españoles que digan que es una Wonderful Town ni que se quiere formar parte de ella. Las series televisivas no la escogen para sofisticadas tramas, sino para que los policías y los delincuentes de The Shield anden a la gresca a tiro limpio.

 

            A estas distopías urbanas sobre Los Angeles se une la última película del gran Clint Eastwood, El intecambio, que descubre un caso real acaecido a finales de los años 20 con gran atractivo para las calenturientas mentes de los cineastas, pues une drama familiar, lucha cívica, corrupción policial y como guinda un estremecedor asesino en serie. Es curioso que incluso Ellroy, el gran husmeador de las vergüenzas angelinas, no haya dado con este filón. Se ve que los vigilantes del LAPD triunfaron en hacer olvidar una historia que les dejaba especialmente malparados. De hecho, el guionista de la cinta, J. Michael Straczynski, se topó con ella cuando un amigo suyo que trabajaba en los archivos municipales descubrió el expediente del caso antes de ser echado al fuego en una limpieza y se lo pasó. Hablaba de Christine Collins, una madre soltera cuyo hijo desapareció mientras trabajaba. Al cabo de los meses, el LAPD, en una gran operación propagandística, descubrió al chico en Illinois y se lo devolvió. Sólo que había un problema: no era su hijo. La policía no reconoció el error y prefirió acusar a la madre de estar loca iniciando un proceso de acoso sin igual. Sólo contó con la ayuda de un reverendo episcopaliano que había iniciado una cruzada contra la corrupción municipal incluyendo un programa de radio. La cosa se complicó cuando quedó claro que el chico pudo ser una de las víctimas de un descuartizador de menores que actuaba por aquella época. El resultado fue un escándalo que costó varias carreras policiales y forzó la renuncia de un alcalde.

 

El intercambio se parece más a Banderas de nuestros padres que a Mystic River o Million Dollar Baby. En ambas se nota demasiado que a Eastwood hay partes de la narración que le interesan y otras que no. En el film que nos ocupa, se ve que al sombrío cineasta la historia de la cruzada cívica que inicia Christine Collins se la refanflinfla, y la cuenta con profesionalidad pero sin emoción, así como deja que se escape el personaje del reverendo interpretado por John Malkovich. En el fondo, no deja de ser un sujeto ambiguo cuya lucha está aderezada con unas buenas dosis de egolatría, pero Eastwood lo deja caer de su película sin buscarle las vueltas. Así como el retrato de los malos, en especial el capitán Jones, es demasiado esquemático.

 

Pero Clint Eastwood es un maestro, y en sus manos una película con algunas dificultades es mucho mejor que una película redonda de una medianía. El director revalida con creces al algo manoseado título de “el último clásico vivo”. Su cámara cuenta lo que tiene que contar, sin alharacas pero sin pausa, estando en el lugar preciso, sin hacerse notar pero con contundencia. De nuevo, el montaje es magnífico, cada plano dura lo justo y necesario. sin que le sobre ni que falte nada. Así un film de dos horas y cuarenta minutos se pasa volando.

 

Y cuando Eastwood entra en lo que le interesa de El intercambio hay momentos de gran y sutil cine. La concatenación de hechos que lleva a Christine a llegar tarde a casa el fatídico día de la desaparición de su hijo tiene el fatalismo que muestran sus últimas películas. Al acercarse a la sórdida trama del descuartizador aparece la oscuridad de Mystic River, con la magistral secuencia del chico canadiense desvelando el tema al policía, capaz de mostrar el horror con una letal elegancia muy impropia de estos tiempos de gore. Y Angelina Jolie es capaz de dejar de lado el glamour de sus interpretaciones más palomiteras (Wanted) y demostrar que es creíble como una pobre mujer que ve como todo un sistema burocrático se cierra en torno a ella, y que en algunos momentos lleva a El intercambio al cine de terror. En fin, que me reitero. Incluso cuando los maestros de Hollywood no alcanzan la excelencia de sus propias obras maestras, se quedan a años luz por delante de la media del cine americano actual.

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