Vampiros en la era de la castidad

crepusculo

Los vampiros literarios y cinematográficos son verdaderamente no muertos, pues gozan de saludable vida. De los clásicos del terror, pocos personajes han dado tanto juego y han permitido tantas variantes. Góticos y contemporáneos, los nosferatu chupasangres han servido para metáforas e historias de todo tipo. Y para marcar el signo de los tiempos.

 

            En efecto, de Bela Lugosi se pasó a los sexuados vampiros de la Hammer, con los grandes Christopher Lee (más conocido por las nuevas generaciones como el Conde Dooku y el renegado y canoso mago Saruman) y Terence Fisher poniendo de vuelta y media la pacata moral victoriana, sospechosamente parecida a la de la clase media que eclosionaba en los años 50. De ahí a los desmitificadores vampiros de Polanski y el postomoderno de Coppola, que corrió paralelo a los que escribía Anne Rice por esa época de los 90. Claro que esta relación es más que somera, pues los usos y costumbres vampíricos han sido explotados desde todos los ángulos. Tal vez en que en todas las tradiciones folklóricas haya criaturas bebedoras de sangre haya ayudado a fijarlos en el imaginario colectivo.

 

            Y puede que los últimos nosferatus mediáticos, la familia Cullen ideada por Stephanie Meyer en una exitosa saga de cuatro novelas, también reflejen los tiempos en que sus aventuras son escritas. En sus manos (manos de mormona parece que militante, no como los rockeros que nos propone nuestro buen amigo El mentor o ilustrador popular) los vampiros reflejan que los estragos del sida y las campañas de defensa de la abstinencia sexual han hecho mella. Recordarán las películas de la Hammer, con Drácula y sus epígonos sublevando a las mujeres decimonónicas. En su presencia, recatadas madres de familia cuya única perversión sería seguramente jugar los domingos al Bridge en casa del vicario, se retorcían de placer, sudoraban y jadeaban. Los propios colmillos de Christopher Lee crecían cuando iba a darle el muerdo a las señoras, en una metáfora eréctil bastante clara. Pues bien, se nota en Crepúsculo la moral de la escritora. Los Cullen son un núcleo familiar modélico, pues el ser vampiro no choca con representar una postal de Navidad por lo que se ve. Así que fuera el malditismo nosferatu. La metáfora de la sed de sangre que siente el chico protagonista por la humana de la que se enamora, y sus prevenciones para no culminarla, son bastante obvias de la castidad. Además, ni siquiera tienen colmillos. El Drácula de la Hammer seguramente hablaría de gatillazo. Los vampiros malos de la historia se parecen demasiado a una panda de macarras de fin de semana, de esos a los que unos pijos como los Cullen (¿Por qué demonios si huyen del sol tienen esa mansión que es un completo ventanal?) y Bella, la chica humana que se les apalanca, mirarán sin duda por encima del hombro. En el fondo, Crepúsculo hace lo que parecía imposible. Llevar al terreno de los evangelistas a uno de los mitos más transgresores jamás creados.

 

Dicho esto, parecerá que la película es deleznable. Pues no del todo, pues la directora es la curiosa Catherine Hardwicke, una señora que a sus cincuenta años se puso a dirigir tras una larga carrera como diseñadora de producción. Ella es la responsable de títulos adolescentes tan atípicos como Thirteen o Los amos de Dogtown y algo de eso queda en Crepúsculo. Se nota que lo que le interesaba de esta historia es la relación morbosa entre una introvertida chica y el joven vampiro, que en sus manos, a pesar de algún exceso kitsch (la escenita del ventilador o los fulgores que salen de la piel del protagonista cuando le da el sol) funciona. Una cierta serenidad en la mirada, impropia de un film adolescente, una cuidada banda sonora y el equiparar a la joven Bella en su aislamiento vital con el que sufre el joven vampiro dada su condición le dan a la película una cierta enjundia, así como algunos detalles malévolos, como presentar a todos los adolescentes que salen en el film como unos paliduchos tan inquietantes como los Cullen. Tanto le ha gustado a Hardwicke este aspecto de Crepúsculo que se olvida de la parte de acción, como la decepcionante conclusión en el enfrentamiento con el vampiro macarra que amenaza la estabilidad de los protagonistas. Lo que si es cierto es que hay Cullens y Bellas para rato, pues el éxito de esta primera entrega cinematográfica garantiza la adaptación del resto de las novelas.

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One Response to Vampiros en la era de la castidad

  1. Sara dice:

    Me gustaria saber donde puedo encontrar anillos, pulseras etc… de los Cullen (por internet)

    Me encantó la peli..!!!!!

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