La Iglesia contra el mundo

elgreco

El Greco, presunta lujosa adaptación de la vida del genial artista cretense trasladado a Toledo, debería ser un film histórico, pero se convierte en un desgraciado debate actual. La viga maestra de la trama del film es el enfrentamiento que el pintor tiene con un viejo amigo, el cardenal Niño de Guevara, al que conoce en Venecia cuando ambos son dos ambiciosos jóvenes. Domenicos  es una pieza del taller de Tiziano que aspira a volar alto y el sacerdote un joven dominico (curiosa esta similitud entre su orden y el nombre del pintor) cuyo origen noble le promete grandes destinos en la España de la contrarreforma. El fraile queda fascinado por el talento del Greco, de una forma que recuerda Amadeus. Uno de los que más lo va a combatir es uno de los pocos que se da cuenta del genio del pintor y cree que el aliento de Dios está en sus pinceles. Más que en su teología y en su futura misión como inquisidor mayor de España, para su desgracia. Claro que malévolamente se deja caer que algo de fascinación homosexual hay de fondo, aunque este tema no se explota demasiado, pero las motivaciones de Niño de Guevara, que sería protagonista de un célebre retrato del pintor, son siempre oscuras en su devoción pictórica.

 

            El film toma cuerpo con el enfrentamiento entre el cardenal y El Greco, cuando el primero, parte por resentimiento, parte porque su cargo le obliga a convertirse en un integrista católico, empieza a perseguirle y llevarle ante el siniestro Tribunal de la Inquisición. Cuando la Iglesia raja de los totalitarismos modernos haría bien en recordar que los simulacros de juicios del stalinismo donde la sentencia estaba escrita antes de empezar el proceso (“Tiene derecho a un juicio justo antes de que lo ahorquemos”, diría el Roy Bean de El forastero) ya los inventó ella hace muchos siglos. Así, el film encuentra como decía al principio un eco siniestramente contemporáneo. Pues los argumentos usados por los profesionales de la Inquisición suenan excesivamente actuales, en esta demencial espiral integrista de la Roma del Papa Ratzi. Uno no cree que en los limitados talentos de los responsables de este film estuviese colocar de matute una historia ilustrada, pero es lo que les ha salido. Su defensa de la creación y la derrota de los integristas no deja de ser refrescante para un espectador racionalista de hoy en día.

 

            Y es lo que salva una película bastante floja. Con estética de telefilme de lujo, El Greco alcanza su interés cuando Juan Diego Botto, el único del reparto que parece tomárselo en serio (El guaperas Nick Ashdon como el pintor cretense es de pena) aparece con todo el siniestro peso del cardenal Niño de Guevara en escena. Lo demás es pura quincallería, desde una ambientación más bien pobre hasta un ridículo maquillaje que envejece a los actores aumentándoles las canas pero dejándoles intactas las pieles, que lucen tan lozanas como a los veinte años. No obstante, a lo mejor es que uno se halla muy sensible a estos temas, pero el peso del conflicto inquisitorial me valió el visionado. Así está la cosa con los huracanes que soplan desde el Vaticano.

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