Cine a reloj parado

Fernando Colomo es un superviviente sin sitio. Sigue agarrado como cual Peter Pan a la comedia madrileña de la que fue santo y seña en los tiempos de la Transición. Otros compañeros suyos de generación, como Fernando Trueba o Almodóvar, ya hace tiempo dejaron lo cañí y se metieron en jardines más sofisticados, pero él sigue a lo suyo. Lo malo es que no sólo se le ha parado el reloj a él como cineasta, sino que sus historias se contagian de ese infantilismo vital.

 

            Y es que viendo su última obra, Rivales, uno piensa que sus personajes no evolucionan y parecen incapaces de superar la fase anal. Colomo debe ser conciente de este problema e intenta darle más peso dramático a sus protagonistas, contando con la ayuda de Joaquín Oristrell e Inés París al guión, pero no lo consigue. Al final son todos unos obsesos sexuales como alumnos de instituto y eso parece ser el fin de sus vidas. Hasta los chicos que salen en el film parecen más adultos que sus mayores. Da igual el intento de densidad dramática de la trama, o que se quiera hablar en clave de comedia de las tensiones entre Madrid y Cataluña. Colomo siempre fue un tipo demasiado amable como para entrar a saco en nuestras diferencias territoriales o en cualquier detalle de los que ensombrecen el alma human y su devenir por este valle de lágrimas.

 

            Hay otro intento en Rivales de ponerse al día como es usar el ya manido truco de presentar a los personajes con historias separadas que al final confluyen. Esta vez tiene su lógica, puesto que todos ellos van a Sevilla a jugar o ver jugar a sus hijos una final de fútbol juvenil y ya el argumento les pone a huevo lo de relacionarse. Pero las diversas peripecias están muy desequilibradas. La de Ernesto Alterio y su hijo se parece demasiado a Carreteras secundarias, novela de Martínez de Pisón y película de Martínez Lázaro. La de la trastornada Kira Miró y los falsos guardias civiles es demasiado grotesca. Y el personaje de Juanjo Puigcorbé es absolutamente gratuito. Los actores brillan a un gran nivel pero poco pueden hacer para salvar unos papeles que ya vienen viciados desde el guión.

 

            Y entre tanta quincallería brilla con luz propia la gran Rosa Mª. Sardá. Ella da humanidad al mejor personaje y segmento de la película (o tal vez sea bueno por su presencia, quien sabe), una progre trasnochada a la que sólo queda el derecho al pataleo frente a un mundo tecnificado y cada vez más lejos de los ideales de los 60. Pero no es suficiente para que Rivales remonte el vuelo. Por cierto ¿sólo lo creo yo o Santi Millán se pasa la película imitando a Alberto San Juan? Y lo de meter a toda pastilla por todos sitios cárteles y anuncios de una determinada distribuidora de carburante y de determinada línea aérea llega a unos niveles bastante tristes, digno de una serie televisiva.

 

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