La justicia no consuela

En tiempos más ideologizados para la crítica, Sentencia de muerte hubiese sido despachado como un film fascista sin más contemplaciones, teniendo en cuenta además sus antecedentes al estar basada en una novela de Brian Garfield. Este autor fue el que inspiró con sus obras la célebre serie cinematográfica del justiciero Charles Kersey, encarnado por el fetiche de este tipo de filmes, Charles Bronson. Su trama también parece inequívoca, pues habla de un padre de familia que se venga de la banda de delincuentes que mató a su hijo adolescente en un absurdo ritual de iniciación. Pero en estos confusos tiempos posmodernos, donde no se sabe donde está el bien y donde está el mal, Sentencia de muerte, vaya por Dios, no es una película tan fácil de despachar.

 

            Es injusta compararla con el modelo Bronson, pues los filmes de Kersey eran maniqueos. El justiciero tenía toda la razón del mundo y  nunca erraba en su criterio de quién merecía una balazo. Por el contrario, esta película de James Wan, el que rodó la primera, mejor y más malsana película de la serie Saw, es muy ambigua. Cierto que los asesinos son unos descerebrados, pero la tesis acaba siendo de que es mejor una mala ley que la justicia por su mano. El padre que encarna Kevin Bacon, ante la presumible poca condena que la va a caer al asesino de su hijo, prefiere no declarar en su contra y buscarle personalmente para matarle. Pero no encontrará la paz con esto, sino que será el principio de una espiral de violencia incontrolable. La decisión del justiciero sólo le traerá más daño y dolor y claramente la voz de la inspectora de Policía es la de la razón al condenar la justicia por la propia mano. Incluso el padre pierde su condición burguesa y acaba pareciéndose demasiado a aquellos que los persigue.

 

            Pero hay más sorpresas, como la figura de John Goodman, este gran actor que por cierto es lo mejor de la chorrada de la que les hablaba el otro día, Speed Racer. Parece un secundario, pero luego juega un papel crucial y lleva a la película a su verdadero mensaje: el que la violencia sólo sirve para desestructurar familias. Todo esto se une a una dirección más que competente en las escenas de acción y al clima malsano que se está apoderando de la cinta, con un final ambiguo y con un desenlace en estas ruinas postindutriales que tan bien manejó Wan en Saw. Tras Sentencia de muerte queda claro que a este treintañero director hay que seguirle la pista del todo.

 

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