La mirada del extraño

Wayne Wang saltó al Olimpo hace más de diez años cuando con la ayuda de Paul Auster filmó el delicioso díptico formado por Smoke y Blue in the Face. Pero la gran promesa que se adivinaban en estos filmes no se cumplió. Wang empezó una errática y fracasada carrera, que salvando La caja china incluye comedias con Queen Latifah y películas familiares con perro. Pero cuando el cineasta hongkonés afincado en Estados Unidos parecía definitivamente condenado al baúl de los juguetes rotos ha resurgido de sus cenizas con la magnífica Mil años de oración, ganadora del último Festival de San Sebastián. El hecho de que Auster fuese presidente del jurado no invalida los valores del film.

             Muy breve –no llega a la hora y media-, la película desarrolla con intensidad un buen catálogo de sensaciones. El origen de la historia es un ingeniero espacial chino que se traslada a Estados Unidos para estar con su hija, que acaba de pasar por un traumático divorcio. Entre ellos no hay sintonía. Aunque es la viga maestra de la trama, no es lo fundamental del film. Este tema se resuelve en una emblemática escena de conversación catártica. Lo más importante es que Wang ha hecho su “película americana”, en el sentido de hacer una cruel radiografía del país que lo ha acogido. La “mirada del extraño” del chino recién llegado al país del dólar es la que tuvo que poseer el director en su momento. Desfilan extraños paisajes urbanos, carreteras y viaductos, pero lo mejor es su fauna humana. Un país de emigrantes destinados a no entenderse entre ellos, chiflados porteros presuntos agentes de la CIA, un inquietante tendero con tácticas agresivas de venta, seguratas obsesionados con la seguridad que inunda el país tras el 11-S, rubias celulíticas en piscinas, etc. El inocentón ingeniero chino, perdido en USA, es el guía que nos lleva por un país roto por la incomunicación y sus taras. Es significativo que su hija hable más con su esporádico amante ruso que con su padre.

 

            El mensaje en realidad es demoledor, pero nadie lo diría viendo el elegante, minimalista y sensible estilo de Wang, que prefiere los sentimientos y el humor sutil al drama y al sarcasmo. Un hermosa película protagonizada por un grupo de magníficos desconocidos encabezados por un soberbio Henry O.

 

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