Pobre niño rico

¿Es posible la libertad suprema en la sociedad neocon? ¿Se puede renunciar a todo y convivir con la naturaleza en armonía?. A esa pregunta intentó responder Christopher McCandless entre 1990 y 1992. Hijo de un ingeniero de la NASA, brillante estudiante, tras acabar la universidad decidió cumplir su sueño de irse a vivir en lo salvaje (Into the Wild, título original de Hacia rutas salvajes) en Alaska. Desde Georgia en la costa Este de Estados Unidos inició un viaje recorriendo el país hacía su objetivo, que resultó ser un desastre. McCandless no estaba preparado para vivir a lo Jack London y tampoco se preocupó mucho de ello. Jon Krakacuer escribió un libro sobre su peripecia y ahora el actor Sean Penn lo ha adaptado en su cuarta película como director.

            A Penn se le nota enamorado de su personaje y de su peripecia. Más allá de la alternativa hippie, el joven era un individualista acérrimo, que no tenía interés en cambiar la sociedad y sólo ir a la suya. No en vano era un atento lector de Thoreau, el anarquista al que se considera padre del ecologismo. Y aquí se halla el principal problema de la película. Este Alcancero no acaba de comulgar con McCandless y su aventura. Más que un individualista antisistema, le parece un niño pijo que se cree con derecho a todo. ¿Qué está prohibido bajar por un río en canoa? No importa, él se agencia una y transgrede la ley. ¿Qué no tiene ni idea de caza y de sobrevivir en las soledades de Alaska? Que más da, el tiene sus libros de Thoreau y una absurda obra sobre plantas comestibles y salvajes que a la postre no le sirve de nada. Si se molestan en ver la voz Christopher McCandless en la wikipedia verán que coincidiendo con el film de Penn se rodó un documental menos complaciente, donde los alaskeños critican la improvisación y la torpeza del joven. Como esos domingueros que se adentran en la montaña amenazando nieve y luego tienen a la Guardia Civil jugándose la vida para rescatarlos. Incluso uno tiene la malévola sensación de que McCandless hubiese sido el típico que tras vivir en su juventud una experiencia vagabunda hubiese vuelto a casa a cumplir su destino de burgués americano.

            Esta fascinación por el personaje lleva a Sean Penn a cometer otros errores. En el retrato de sus padres, por ejemplo. A pesar de estar muy bien interpretados por William Hurt y Marcia Gay Harden, son demasiado caricaturescos y exagerados. De acuerdo que sus broncas y su hipocresía social son uno de los disparaderos que llevan a su hijo al vagabundeo, pero se excede en su caracterización como contraposición a la nobleza de su hijo. La dirección es irregular, alternando los momentos enfáticos con los intimistas. Lo que si hay es una libertad formal que recuerda a los filmes hippies de los 60, como si McCandless fuese su heredero.

            Sin embargo hay un aspecto que resulta muy fructífero en la película y acaba salvándola de la hagiografía new age. A lo largo de su recorrido, el joven se topa con la posibilidad de ser parte de familias alternativas que saben lo que es el dolor de la ausencia. Así pasa con la pareja de hippies trasnochados (ella es la maravillosa Catherine Keener, una de las actrices más desaprovechadas del Hollywood actual) cuyo hijo también se marchó como McCandless y no han vuelto a saber de él. O ese anciano, encarnado por el veterano Hal Holbrook que ha conseguido colarse en la final de los Oscars con su gran trabajo, que le ofrece adoptarlo porqué no tiene herederos. Como en algunas historias clásicas el héroe tiene la opción de cambiar su destino aunque no hace caso de las señales. Y tiene ocasión de comprobar el dolor que la ausencia injustificada de un hijo provoca, sin que cambie sus objetivos.

            Tras ver este irregular Hacia rutas salvajes y sus equivocados planteamientos, sólo queda recomendar que se recupere el anterior film de Sean Penn como director, El juramento, donde daba la medida de lo que es capaz como cineasta.

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