Corrientes subterráneas

Sarah Polley es otra actriz que ha sentido el impulso de ponerse tras la cámara y narrar como directora sus propias historias. Su debut, Lejos de ella, es mucho más que prometedor, pues ha conseguido una excelente y sugerente película. Actriz favorita de Isabel Coixet, protagonista de Mi vida sin mi y La vida secreta de las palabras, algo de influencia de la directora catalana muestra en el intimismo de su narración. Pero ofrece una  personalidad propia que de seguir así ha de dar muchas alegrías al cine.

            De alguna manera, Lejos de ella tiene algo que ver con Mi vida sin mi. Si en el film de Coixet una mujer preparaba la vida de su esposo al saberse mortalmente enferma, en el de Polley otra esposa afectada de Alzheimer se interna en una residencia para no ser una carga para su marido, con el que lleva 44 años casada. Este drama está narrado con una gran sensibilidad y sobria elegancia. La directora no carga las tintas en lo lloroso en ningún momento, sino que consigue que la sensibilidad pasé como una corriente subterránea sin alharacas y sin recursos fáciles. Queda claro lo terrible de perder los recuerdos y, sobre todo, de que todo tu mundo conocido se convierta en algo extraño. Ella olvida quien fue su esposo y éste debe acostumbrarse a que tras casi medio siglo de feliz convivencia su mujer se ha convertido en otra persona. La lucha por que los que los unió siga vigente marca su relación ahora.

            Pero Sarah Polley, también guionista, no convierte Lejos de ella en una historia épica, sino que mete sus sombras. Por mucho amor que haya entre ellos, la vida sigue, y cada uno, ella en su olvido y él en su soledad, busca sus estrategias de supervivencia. Pero hay otro detalle más malévolo. Con ingenio, la directora deja caer que tal vez ella no esté tan mal y que puede estar exagerarando su Alzheimer para vengarse retrospectivamente de su esposo, que abusó con frecuencia de su condición de profesor para seducir a sus alumnas. Este magnífico planteamiento se redondea con detalles secundarios. A la maravillosamente envejecida Julie Christie, con todas las papeletas para ganar el Oscar por su papel, y un magnífico Gordon Pinsent como su esposo, se une esa comprensiva enfermera, muy de peli de Coixet, por cierto, y la supervisora de la residencia, una educadísima e implacable cabrona que gestiona a sus enfermos como si fuesen ladrillos. Mimbres todos ellos que hacen un cesto de categoría.

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