A puerta cerrada

Lo mejor de Habitación sin salida es ver como asume su filiación hitchcockiana sin complejos. Unos títulos de crédito a lo Saul Bass nos llevan a un matrimonio cuya relación está en caída libre que se pierde en una carretera secundaria y acaba en un destartalado motel. Como en Psicosis el viaje, amenizado por sus mutuos reproches, ha tenido signos extraños, de los que harían volverse a un antiguo romano, y la habitación que cogen también es víctima del voyeurismo, aunque tecnológico en vez del artesanal agujero en la pared de Norman Bates. Solo queda la irrupción apuñaladora, y aquí es donde definitivamente la película se actualiza, pues es más de uno el asesino y con otros fines que la psicopatía. No obstante, la modestia de sus planteamientos la hace simpática, pues con una cierta elegancia preside las tribulaciones de la pareja protagonista, así como una adecuada dosificación de la tensión, además de sacarle buen partido a la situación única. Lo malo es que al final cede demasiado a la moda y presenta un desenlace sobrecargado que rompe todo lo anterior que incluso roza lo inverosímil. Una vez más, don Alfredo puede dormir tranquilo. Nadie puede arrebatarle aún el cetro aunque lo intenten.

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