Este año las candidaturas a los Oscar en el apartado de director son de lo más curiosas. Junto a un funcionario de los estudios de toda la vida como Ron Howard, y la habitual nota británica que pone Stephen Daldry, figuran tres cineastas que se pasan la vida entrando y saliendo del sistema de Hollywood según les conviene. El más radical es Gus Van Sant, que puede pasar de hacer un film tan extremo como Elephant al pasteleo de Mi nombre es Harvey Milk. Danny Boyle nunca verá recompensada su excelente Millones, olvidado film que demuestra que el macarra director que siempre pone las bandas de sonido con más decibelios de la cuenta (como los gritos de los infectados en 28 días después y las emanaciones solares en Sunshine) es más de lo que muchos creen. Y David Fincher, el juguetón director que parecía no tomar demasiado en serio su gran talento hasta Zodiac, una de las películas americanas de la década, extraordinaria crónica criminal que hablaba mejor que muchos filmes del espíritu de la paranoia estadounidense actual. Sin embargo, parece que tras este hito Fincher ha decidido “gusvansantnizarse” y acercarse a las mieles de Hollywood, desactivando todo su potencial.
El resultado ha sido El curioso caso de Benjamin Button, una de estas películas que tienen un “gran concepto” que vender a los productores que van a pagarla y a los espectadores que van a verla. En este caso, un hombre que nace al revés y que va rejuveneciendo mientras los demás se encaminan al geriátrico. Uno cree que el verdadero cerebro de esta operación es el guionista Eric Roth más que el propio Fincher, pues su historia, que adapta más que libremente un cuento de Scott Fitzgerald, se parece demasiado a otro exitoso libreto suyo, Forrest Gump. Aquí también tenemos a un personaje extraordinario que cruza por el mundo mientras lucha por un gran amor. Como Tom Hanks, es un sujeto esencialmente bueno, y que parece no enterarse de nada de lo que le pasa. A esta sensación ayuda un Brad Pitt más bien hierático todo el metraje. El curioso caso de Benjamin Button está llena de problemas. Para empezar, si uno se toma la molestia de reconstruir esta narración pensado que el protagonista es igual que los demás seres humanos en su devenir temporal se dará cuenta de que funciona perfectamente. Al fin y al cabo, al derecho y al revés siempre nos pasa lo mismo. Con lo que el “gran concepto” se queda mismamente en eso, sin mucha operatividad narrativa. El buscarle como excusa el cuentecito del relojero del principio, por otra parte la mejor historia del film, es marear la perdiz.
Y como Forrest Gump, Benjamin vive aventuras que bien mirado son bastante gratuitas y que sirven para buscar una épica inexistente. El que el verdadero film empiece cuando queda media hora escasa en un metraje de 165 minutos es grave. La historia se enerva cuando Benjamin y Daisy al fin consuman su amor marcado por la anormalidad de él, pero hasta entonces era un puro aburrimiento. Fincher se pone solemne pero no puede tapar un guión lleno de detalles que en realidad no aportan nada pero dan el pego como el clásico film de “gran historia”, como si la acumulación de gratuidades significara algo y la brillantez de la fotografía bastara para dar empaque. Uno entiende que Fincher quiera reconciliarse con la industria tras los problemas que tuvo con ella en Zodiac, pero esta pachanga narrativa es muy decepcionante tras la incisiva brillantez de su anterior film. Empero, lo más extraño es que en sus 13 candidaturas a los Oscar no figure la especialista en nominaciones Cate Blanchett, cuando ella y su doliente personaje es lo mejor de la larguísima función.
Escrito por alcancero 
Escrito por alcancero
1 – EL AMIGO AMERICANO: La Academia tenía hasta hace poco su gran coco al que verter sus quejas en el monopolio de la distribución que tenían las majors de Hollywood. Este sigue tan agresivo como siempre, pero ahora el Satanás se llama piratería informática. Tanto se ha relajado el frente californiano que anoche premiaron a dos papeles más propios de los Oscars que de los Goya. A pesar de sus dineros patrios, Vicky Cristina Barcelona y Che el argentino son de españolidad más que dudosa. La Academia debería ser más consecuente consigo misma y dar cancha a productos nacionales que necesiten de verdad el escaparate y puedan competir con esas grandes producciones que las siguen echando de los cines. Esto es más importante que la calidad o no de la gala y otras zarandajas de las que se hablará hoy para defender el difícil estado del cine español.
Escrito por alcancero
Había varias formas de acercarse a la conspiración del 20 de julio de 1944 que intentó fallidamente asesinar a Hitler. Una era centrarse en la fascinante figura de Claus Von Stauffenberg, el coronel que dirigió la trama y puso la bomba a los resistentes pies del Führer. Aunaba en su estragado cuerpo a un militar alemán al viejo estilo con un sensible y culto aristócrata, que en su juventud había pertenecido al círculo íntimo del extraño poeta
En su momento, Jonathan Demme pareció abrir una tercera vía en el cine americano. Eso fue en los simpáticos 80, cuando sus filmes, junto con los de otros compañeros de generación hoy desaparecidos en combate –como Jim McBride, ¿se acuerda alguien de él?-, mezclaban comercialidad con un cierto espíritu indie. A Demme le cayó un regalo que seguramente le mantuvo vivo más tiempo del que le correspondía en el mundo de Hollywood, como fue El silencio de los corderos. Una de estas películas donde la flauta suena por casualidad, pues el director no volvió a encontrar la tecla. Tras coquetear con el Oscar de nuevo en Filadelfia su carrera se hundió en títulos que cada vez tenían menos repercusión, incluyendo despropósitos como La verdad sobre Charlie, un insensato remake de la gran Charada.