
Los buenos directores, cuando llegan a viejos, y sortean tanto los obstáculos de una vida como de una profesión muy traicioneras, hacen dos tipos de películas. Unos, como Buñuel, Rohmer o Borau hacen lo que les da la real gana, confundiendo a veces la chochera creativa con la libertad absoluta. Otros, caso de John Ford o Clint Eastwood, ennegrecen su mirada, como una triste constatación de que vivir mucho no lleva a la felicidad. Sydney Lumet pertenece a este último grupo.
Director clave de los 70, responsable de excelentes crónicas criminales como Serpico, El príncipe de la ciudad o la poco conocida pero extraordinaria Distrito 34, corrupción total, Lumet cumplió el pasado año medio siglo tras la cámara, debutando con la célebre adaptación de Doce hombres sin piedad. Tras otra de sus brillantes crónicas sobre la corrupción, La noche cae sobre Manhattan, Lumet cayó en un parón que parecía definitivo, trabajando en televisión –volviendo a sus orígenes- y rodando un innecesario remake de la gran Gloria¸ de John Casavettes. Fue galardonado hace tres años con un Oscar honorífico. Pero como a otros maestros –John Huston tras su decepcionante versión de Bajo el volcán- se le dio por muerto prematuramente. Regresó hace dos años con la estupenda ¡Declaradme culpable!, donde entre otras cosas demostró que el armario empotrado de Vin Diesel era capaz de interpretar. Y ahora nos ofrece Antes que el diablo sepa que has muerto, una de las películas del año.
Lumet debe sentirse cómodo en el actual momento del cine americano, puesto que los filmes policiales setenteros, a los que él contribuyó decisivamente, están de moda y son referencia de excelentes películas (Adiós, pequeña, adiós, La noche es nuestra) y otras más fallidas (Dueños de la calle), con lo que sus viejos postulados están de moda. Antes que el diablo sepa que has muerto forma parte de las películas criminales que ofrecen una de sus variantes más sugestivas, como es la línea abierta por Billy Wilder en la magistral Perdición: gente corriente que se mete a asesinos impelidos por las circunstancias, en un negocio que les supera. Lo bueno es que Lumet, con este planteamiento, hace una desoladora crónica familiar. La historia habla de dos hermanos que ante sus problemas económicos deciden asaltar la joyería de sus padres, aunque las cosas no salen como quieren. Es un film bastante amargo. En la película, nadie se quiere y todos se traicionan de alguna manera. Los hijos que rompen el lazo sagrado paterno-filial, pero también el padre que acaba saltándoselo, la esposa infiel, los hermanos que no se ven nunca, etc. Es sintomático que el cerebro del atraco sea un ejecutivo de la contabilidad. Y que la única persona con la que pueda confesarse sea su camello, aunque este se limite a cobrar la pasta.
Y hay también una crítica a la competitividad americana que sólo genera heridas y reproches. Quién sabe si este drama se incubó en una infancia presionada. Y queda claro que la violencia genera violencia, en una espiral inacabable. Los resentimientos familiares estallan y salpican a todos. Lumet cuenta este contundente drama de forma magistral. El narrarlo con una estructura discontinua no es una concesión a la modernidad, sino un calidoscopio estimulante. Y el veterano cineasta tiene la sobriedad de los grandes maestros. Cuenta lo que debe sin un plano de más y sin un plano de menos, sin alardes y sin concesiones. Soy consciente de que esta es la semana de la decepcionante cuarta entrega de Indiana Jones, pero si quieren ver cine con mayúsculas vayan a ver Antes que el diablo sepa que has muerto.
Escrito por alcancero
Confieso mis reticencias ante la resurrección del arqueólogo más famoso de la Historia del Cine. Su vuelta me recordaba a estos grupos ochenteros que metiendo barriga y tapándose las calvas sacan un nuevo disco y dan una nueva gira, intentando embelesar a un público igual de adiposo que ellos. O más, puesto que los espectadores no tienen dinero para liftings. Estas operaciones son tristes, puesto que lo que se intenta en realidad no es recuperar una música, sino el espíritu de los 20 años de edad perdidos en ese mar de decepciones llamado vida.
Escrito por alcancero 
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Wayne Wang saltó al Olimpo hace más de diez años cuando con la ayuda de Paul Auster filmó el delicioso díptico formado por Smoke y Blue in the Face. Pero la gran promesa que se adivinaban en estos filmes no se cumplió. Wang empezó una errática y fracasada carrera, que salvando La caja china incluye comedias con Queen Latifah y películas familiares con perro. Pero cuando el cineasta hongkonés afincado en Estados Unidos parecía definitivamente condenado al baúl de los juguetes rotos ha resurgido de sus cenizas con la magnífica Mil años de oración, ganadora del último Festival de San Sebastián. El hecho de que Auster fuese presidente del jurado no invalida los valores del film.
El film israelí La banda nos visita muestra algo que bien mirado agita una pesadilla en el inconsciente de los ciudadanos del país hebreo. No debe ser muy agradable ver a un montón de egipcios de uniforme, aunque sean una inofensiva banda de la policía, dar vueltas por los desiertos de Israel. La película, ópera prima de Eran Kolirin, ofrece este punto de arranque para su historia. Eso le ha valido premios internacionales y el comentario de que aboga por el diálogo entre judíos y árabes. Pero visto el film, esta lectura es muy limitada.