El amor nos desgarrará

Abril 22, 2009

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Mi fascinación por el grupo Joy Division viene de una sola canción de las pocas que hicieron en su breve carrera. No es que intente entrar en el terreno de los amigos replicantes o del insigne Profesor Franz, pero Love will Tear us Apart es un tema de una enigmática belleza. Es difícil hace a la vez una canción intimista y ruidosa, triste y esperanzada, melancólica y optimista, que se dirige a tu sentido del ritmo y a tu corazón sin que colisionen tan dispares premisas. Tampoco les voy a engañar, no hace tanto tiempo que la conozco. Había oído hablar de la Joy División como de tantos grupos y no se si en mis años mozos escuché algo de ellos. Evidentemente, el cine es un gran maestro y conocí mejor a esta peña gracias al vigoroso 24 Hours Party People, del gran Michael Winterbottom, en 2002. La canción de marras cerraba el film y desde entonces me enganchó. No debo negar que la triste figura del líder de los Division, Ian Curtis, sujeto oscuro y que se suicidó en 1980 con 23 años, también atrajo mi atención. Pero en 24 Hours era un personaje más de esa vibrante crónica del sonido Manchester. Lo que ha ocurrido es que póstumamente el mito de Curtis ha crecido en estas décadas a medida que le han ido surgiendo admiradores en las nuevas hornadas de músicos que veían en su tristeza vital y en su lúgubre sonido un precursor de modernas tendencias. En 2005 Deborah Curtis publicó un exitoso libro sobre su figura, Touching the Distance, y ahora Anton Corjbin lo ha hecho cine con Control.

 

            Adecuadamente filmada en blanco y negro, teniendo en cuenta el espíritu de su protagonista, Control es un curioso título que da lo que promete al mismo tiempo que no lo da. Aparentemente es una biografía ortodoxa de Curtis, desde que tenía 17 años y se pasaba la vida escuchando en su cuarto discos de Bowie hasta su suicidio. Asistimos a su carrera musical, desde que formara parte de uno de esos grupos surgidos en Inglaterra a fines de los 70 al rebufo de los Sex Pistols, cuando parecía que cualquier joven desgarrado –o que creía serlo- podría perpetrar cualquier crimen contra la música. Afortunadamente la Joy Division ofreció algo más, dos escasos álbumes que influirían más en el futuro que en su momento. Desde este punto de vista, Control funciona impecablemente como biopic. Pero el film es como la música de Curtis, y ofrece entre sus pliegues mucho más. En su narración hay un extraño punto de desasosiego en todo momento, como si una tragedia oculta amenazase a los presentes en la pantalla. Y su protagonista se aleja de los músicos convencionales, incluso de las personas convencionales. Más que un ser triste, Ian Curtis es un autista emocional, muy bien encarnado por Sam Riley. Alguien que parece siempre encerrado en un extraño dolor que nunca se manifiesta claramente pero del que vemos sus consecuencias. La chulería con que aborda al manager Tony Wilson, su miedo a la epilepsia -que justifica sus célebres espasmos cuando actuaba, a guisa de exorcismo- y sus problemas sentimentales, atrapado entre su prematura esposa –Samantha Morton en el film- e hija (se casó con 19 años) y la periodista belga que conoce cuando empieza a despuntar en la música. En todo momento queda claro que Ian Curtis se halla devorado por contradicciones y tensiones que le llevaron a su triste destino. Así, la película escapa a su previsible destino de biografía convencional y llega a otro terreno más sutil, el de la angustia que no se ve (nadie parece captar este registro de Curtis) y el de la soledad del artista a cuya profundidad nadie llega. Curiosamente, el visionado de Control deja el mismo regusto agridulce que la música que compuso el líder de Joy Division. No es mal homenaje trasladar su estilo del pop al cine, ciertamente.

 


Prensa descafeinada

Abril 22, 2009

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Los periodistas, que sé que alguno (más bien alguna) lee este blog, deberían ver la quinta y última temporada de The Wire, una obra maestra de la televisión de la que puede algún día les hable. Una de las tramas tiene que ver con un periódico, cosa lógica teniendo en cuenta que el cerebro de la serie es David Simon, antiguo plumilla de Baltimore, la ciudad donde transcurren las andanzas del policía McNulty y sus amplios compañeros. En esta temporada final se pueden ver signos del huracán que ahora asola a la prensa española. Cuando aparecen por primera vez los redactores del rotativo hablan de que otra cabecera del grupo sita en Filadelfia está sufriendo recortes de personal. Cuando tienen una reunión de primera el director les dice que lo que está pasando en la ciudad de Rocky no tiene porque afectarles. Acto seguido pregunta por determinada información que no tiene a su juicio un buen seguimiento. Alguien levanta la mano. “Es que desde que nos quitaron al becario de la sección de transportes y no fue reemplazado no tenemos gente para cubrir esto”. Por supuesto, a medida que avanza la temporada el tsunami de Filadelfia llega a Baltimore. La redacción es convocada y tiene que tragarse un discurso. “No tenemos ya tanta publicidad, etc., etc., así que tenemos que cerrar las corresponsalías y no tenemos más remedio que despedir gente. Los que nos quedemos – nota: se ve que el que da el discursito no teme por su empleo- tenemos que aprender a hacer más con menos”. Por cierto, que cuando uno de los periodistas ve a la procesión de directivos con cara fúnebre antes de esto dice fatalista “ya nos han vendido otra vez”. Recordar que esto fue emitido en Estados Unidos en 2006.

 

            Hay más perlas como esta, incluso algunas sobre la ética del periodismo, sobre como el reportero de raza está siendo sustituido por juntaletras guays que no se complican la vida, pero esto nos llevaría muy lejos. Bueno, les cuento una última que me encanta, que se produce cuando Gus, ese editor del periódico protector de los suyos y garante del periodismo responsable, personaje que después de mi experiencia y la de mis amigos periodistas creo solo existe en el cine, le dice a una joven redactora “con frecuencia lo menos interesante de una información es lo que está entrecomillado”. Viene a cuento esta larga introducción a que me acordé mucho de esta quinta temporada de The Wire viendo el otro día La sombra del poder. El film es una adaptación de State of Play, una miniserie de culto de la BBC de 2003, que no conozco (a ver si alguna distribuidora se apiada y la saca en DVD aprovechando el tirón) pero que según parece ha sido adelgazada en su traspaso a la gran pantalla. Esto puede explicar que se haya optado por la trama más policíaca que por los temas de fondo que se apuntan y no se explotan bien, como restos del alabado guión de la serie que han quedado flotando en el film pero sin cuajar. Uno de ellos es una reflexión sobre el periodismo, sus límites éticos y donde empieza y acaba su responsabilidad. Russell Crowe, que por mucho que caiga mal con sus numeritos es un actor de calado, es un periodista que investiga un caso que implica a uno de sus mejores amigos, congresista de gran proyección, encarnado por un Ben Affleck que está aprendiendo con los años a hacer algo más que mover la barbilla. En esta historia que le afecta personalmente se saltará las reglas y los protocolos de su profesión, en un marco parecido al contado en The Wire. Su periódico tiene nuevos dueños y a lo mejor es una historia que toca teclas peligrosas, pues el congresista se hallaba investigando a una corporación que recuerda demasiado a la Halliburton de Dick Cheney, al mismo tiempo que todos están histéricos por la bajada de publicidad y de ventas. También se habla de la relación entre prensa y política y de cómo este maridaje es complicado.

 

            Pero como dije antes todos estos temas, que podían haber dado una buena salsa al guiso de La sombra del poder, quedan diluidos. Es más, uno se atrevería a decir que están dispuestos precisamente para eso, para dar al público la sensación de que el film tiene más empaque del que en realidad tiene. Con lo que el film se agrega a esta fastidiosa línea de títulos que se queda a las puertas de una intensidad en la que nadie ha querido entrar. Porque se trata en definitiva de hacer un nuevo thriller de lujo y crímenes que resulta ser medianamente efectivo. Y si la ven, no se hagan muchas preguntas sobre la trama. Igual descubren un par de contrasentidos que lo dañan todo.


El camino falso

Abril 14, 2009

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Tal vez, la nueva ministra de Cultura, que se está convirtiendo en una presencia obsesiva en este recobrado blog, debía mirar hacía otro sitio en su cruzada contra los males del cine español, y no sólo internet. Como dice la amiga Mininha, los filmes españoles no son los más solicitados en la mula y similares. Más bien debían preocuparle otras cuestiones, como las que suscita el visionado de Al final del camino. Por ejemplo, hay una todopoderosa televisión detrás de la cinta, Antena 3. Se supone que las leyes que obligan a las cadenas a dedicar parte de sus inversiones al cine era para hacer productos de calidad y no este chanchullo, que lleva los malos hábitos de las series televisivas a la gran pantalla. El que las productoras de los seriales se hallen metidos en labores cinéfilas está provocando este efecto donde el audiovisual español parece un totum continuum. Un espectador que asista a este film por la tarde en el cine puede empalmar por la noche con Aida, Doctor Mateo o Cuestión de sexo sin solución de continuidad. Es como ver la misma función, con los mismos latiguillos estilísticos.

 

            El éxito el año pasado de Fuera de carta, producida por Daniel Ecija con los modos de Globomedia, ha marcado una ruta, del que Al final del camino es un nuevo jalón. Su guión, su realización, las problemáticas de los personajes, los estilemas de las actuaciones (encabezadas por la pareja de Aquí no hay quien viva, Malena Alterio y el unidimensional Fernando Tejero) y el timing de los diálogos son los propios de estas presuntamente sofisticadas teleseries. Pero el film, con su historia de parejas en crisis, no oculta que en el fondo es bastante rancio. Además de pertenecer a ese fastidioso género de filmes españoles donde parece que el único problema de esta invertebrada nación son sus relaciones sexuales (a lo mejor ahora con la crisis se aproximan más a los problemas de la gente común), Al final del camino no puede ocultar que bajo su patina urbanita su humor es profundamente antiguo. Chistes eróticos de colegio, gags gays, la insoportable pareja de risa fácil, y una sátira social que de suave es casi inexistente. Como sus modelos televisivos. ¿Cuándo veremos los equivalentes patrios de Los Soprano o The Wire?

 

            Sin embargo, tras el visionado, uno se queda con una pregunta malévola. La banda sonora del film ofrece en sus créditos la recuperación del clásico del pop español Free Yourself, obra del grupo Los Canarios cuyo líder era… Teddy Bautista, el Señor de los Derechos ¿Acaso está usando su influyente papel para que saquen del armario sus viejas canciones y embolsarse los royalties que con tanto ahínco defiende? Aquí les dejo la canción, un actuación en vivo en la que el Señor de los Derechos tiene al final un arrebato a lo Cachao. Eso si, gratis total.

 

 


Crónica de dos meses

Abril 13, 2009

            En un autocomentario hecho en el post anterior explico el motivo –o motivos- de mi ausencia del blog. Para recuperar el tiempo perdido, escribo esta rápida panorámica de lo que he visionado estas semanas, con la ventaja de que me puedo ahorrar lo escasamente interesante y centrarme en lo que merece la pena. La Historia siempre ha sido selectiva.

 

            Empezaré por los Oscars, que por mucho Hugh Jackman bailongo y cantongo es un ceremonia que va de capa caída. Los premios previos por donde desfilan siempre las mismas películas les han quitado encanto, y la ceremonia es un muermo que se parece a Operación Triunfo con el absurdo momento de cinco actores o actrices cantando los talentos de los/as candidatos/as. Eso podía tener su gracia en el caso de Penélope Cruz, pero hacérselo a una veterana con muchos tiros dados como mi cordialmente odiada Meryl Streep era infumable. Además la final de este año era deplorable. Sólo la crisis económica puede explicar que un timo como Slumdog Millonaire triunfase, con su dureza de diseño, su India para guiris (como la cancioncilla que ganó) y su mensaje cristianoide de que si sufres como un bendito tendrás tu recompensa. Pero es que sus compañeras de terna no eran mejores, a excepción de la emotiva El lector, que trasladaba a la pantalla todo el lirismo de la magnífica novela de Bernhard Schlink, con una soberbia Kate Winslet y un Ralph Fiennes que se merecía una nominación. Ya hablé de Mi nombre es Harvey Milk y El curioso caso de Benjamin Button. Frost contra Nixon es la clásica película que se va desfondando a medida que avanza su metraje. Es magnífico ver a Nixon tras su vergonzosa dimisión gestionando su desastre en vez de meterse en un bunker, pero luego el personaje acaba cayéndote bien y todo, centrado en una entrevista que tampoco fue para tanto. Eso sí, Frank Langella compone un untuoso y truculento Nixon que parece el ogro de los cuentos. Una interpretación que queda para las antologías. Ya puestos, los Oscar hubiesen ganado credibilidad de haber apostado por El luchador y The Visitor más allá de la solitaria nominación a sus actores principales. La primera, a pesar de patinar en los aspectos más melodramáticos, es una sorprendente visión de los luchadores, pintados como una panda de sadomasoquistas a los que les encanta sufrir. Y The Visitor es sencillamente una joya, un sensible film que sin estridencias es capaz de narrar con sobriedad una historia que mezcla superación personal e inmigración de forma original. Un gran film.

 

            Entre los aciertos de estos dos meses se halla por supuesto el gran Clint, que volvió a dar en su abultada diana con Gran Torino. En este curioso juego que el cineasta lleva consigo mismo y su imagen fílmica, su última obra es un grito donde deja bien clarito que ya está harto de ser oficialmente un killer. Pensada malévolamente como una nueva versión de Sin perdón, las expectativas del espectador quedan frustradas. Pero es también un hermoso film sobre la veracidad de los sentimientos más allá de los estereotipos sociales que representan los hijos del protagonista. Watchmen, que no ha tenido el éxito que se merecía, demuestra que una historia compleja no tiene que ser necesariamente mal adaptada (otro ejemplo sería L.A. Confidential). La sombría visión del superhéroe de Alan Moore fue respetada por Zack Snyder en un deslumbrante trabajo cuya heteredoxia queda clara en su ecléctica banda sonora, que va desde Bob Dylan en los magistrales títulos de crédito hasta Philip Glass. A muchos les decepcionó, y eso puede explicar su relativo fracaso comercial, que hubiese más reflexión y diálogo que acción. También tenemos en este bloque el debut del guionista mexicano Guillermo Arriaga como director tras su sonada ruptura con Alejandro González Iñárritu, que se encuentra rodando su primera película sin él en Barcelona con Javier Bardem. Arriaga, que demuestra algún problema de ritmo como cineasta, presenta en Lejos de la tierra quemada una de sus habituales historias desestructuradas como sus personajes, amargas y de gran intensidad, si bien como ocurría al final de Babel muestra una insospechada apertura a la esperanza. Y un film muy simpático resultó ser Duplicity, una recreación de los clásicos tipo Charada mezclando altas intrigas y romance de altos vuelos entre los carismáticos Clive Owen y Julia Roberts. No obstante, tras su aparente frivolidad, había unos ecos sombríos sobre la falta de confianza y la mentira en nuestro mundo contemporáneo.

 

            En el capítulo de fallidas, hay que abrir con Los abrazos rotos. Este Alcancero nunca quiso ir de listillo, pero se sonríe viendo como críticos que jaleaban los anteriores patinazos del manchego universal sacan los errores que uno lleva tiempo pregonando. ¿Ahora se dan cuenta de la arbitrariedad de sus guiones, de los diálogos que patean los oídos, de lo gratuito de muchas escenas (esa Kira Miró que sale, echa un polvo y se va)? La pena es que la historia tenía muchos posibles y en algún momento tiene enjundia, pero la media hora final es de risa. Más fría aún si cabe que la primera entrega resultó Che: guerilla. RAF, fracción del Ejército Rojo (despistante título español de The Baader Meinhof Complex, que no se sabía si hablaba de los pilotos británicos o de la batalla de Stalingrado) puso la nota europea. En ese proceso que le ha dado a los cineastas germanos por recuperar su historia reciente le ha tocado el turno al célebre grupo terrorista de los años 70, pero se hace la picha un lío. Explica demasiado algunas cosas y otras las da como sabidas, creando una gran confusión en el espectador. Y tampoco toma una postura clara ante sus protagonistas, entre el rechazo y la comprensión. A los interesados, es mejor recomendarle sobre el tema Stammheim: el proceso, film alemán de 1986 que de una forma casi brechtiana narraba el largo juicio al que fue sometida la banda. A ciegas es la versión que Fernando Meirelles ha hecho del Ensayo sobre la ceguera del Nobel Saramago. Una película que parece un film de catástrofes hecho para gafapastas, con su filosofía final New Age sobre la purificación del ser humano. Eso sí, como de costumbre brillaba con luz propia Julianne Moore. París, París es demasiado víctima de los excesos melodramáticos que eran propios del anterior film de Christophe Barratier, la sobrevalorada Los chicos del coro. Pero a los que les guste el musical lo pasarán bien con este elogio elegíaco a la vieja Chanson francesa.

 

            Y como es costumbre, el cine más descaradamente comercial americano es el que es cada vez menos interesante. La lista es de estos thrillers aparentemente llenos de sorpresas que no sorprenden, pues cualquier espectador medianamente avisado descubre lo que va a pasar a los diez minutos de proyección. Señales del futuro es un descacharrante film de Alex Proyas que evidencia que los méritos de Dark City tuvieron que ser del diseñador de producción. Tras un interesante principio lleno de genuino fantástico la película deriva hacia la Ciencia Ficción salvífica más irritante, con descreídos que de repente caen del caballo y creen en el más allá.

 

            Esto es todo lo que han dado de sí estos dos meses cinematográficos, que se han rematado con el sorprendente nombramiento de la presidenta de la Academia de Cine como ministra de Cultura. Uno recuerda la vieja y manida frase de Clemenceau: la guerra es demasiado importante para dejársela a los generales.


Precriticando al gobierno

Abril 12, 2009

Cuando este abandonado blog se abrió hace 16 meses, uno nunca pensó que serviría para poner verde el trabajo de una futura ministra de Cultura.

A lo mejor la señora González-Sinde, a la que han puesto como sheriff de internet, decide no sólo perseguir las descargas de archivos, sino también a todos los que han criticado su gestión, no la política, que eso aún es un misterio, sino la meramente creativa. Por si acaso, me despido, no vaya a ser que me corten la conexión por no saber ver los indudables valores de Una palabra tuya. Por cierto, además de la ley del cine, estaría saber que va a hacer la señora González-Sinde con las Bellas Artes, el Teatro y la Música, las Bibliotecas y Archivos, etc., que no sólo de PSP vive el Mnisterio de Cultura.


Historias extraordinarias

Febrero 10, 2009

benjaminEste año las candidaturas a los Oscar en el apartado de director son de lo más curiosas. Junto a un funcionario de los estudios de toda la vida como Ron Howard, y la habitual nota británica que pone Stephen Daldry, figuran tres cineastas que se pasan la vida entrando y saliendo del sistema de Hollywood según les conviene. El más radical es Gus Van Sant, que puede pasar de hacer un film tan extremo como Elephant al pasteleo de Mi nombre es Harvey Milk. Danny Boyle nunca verá recompensada su excelente Millones, olvidado film que demuestra que el macarra director que siempre pone las bandas de sonido con más decibelios de la cuenta (como los gritos de los infectados en 28 días después y las emanaciones solares en Sunshine) es más de lo que muchos creen. Y David Fincher, el juguetón director que parecía no tomar demasiado en serio su gran talento hasta Zodiac, una de las películas americanas de la década, extraordinaria crónica criminal que hablaba mejor que muchos filmes del espíritu de la paranoia estadounidense actual. Sin embargo, parece que tras este hito Fincher ha decidido “gusvansantnizarse” y acercarse a las mieles de Hollywood, desactivando todo su potencial.

El resultado ha sido El curioso caso de Benjamin Button, una de estas películas que tienen un “gran concepto” que vender a los productores que van a pagarla y a los espectadores que van a verla. En este caso, un hombre que nace al revés y que va rejuveneciendo mientras los demás se encaminan al geriátrico. Uno cree que el verdadero cerebro de esta operación es el guionista Eric Roth más que el propio Fincher, pues su historia, que adapta más que libremente un cuento de Scott Fitzgerald, se parece demasiado a otro exitoso libreto suyo, Forrest Gump. Aquí también tenemos a un personaje extraordinario que cruza por el mundo mientras lucha por un gran amor. Como Tom Hanks, es un sujeto esencialmente bueno, y que parece no enterarse de nada de lo que le pasa. A esta sensación ayuda un Brad Pitt más bien hierático todo el metraje. El curioso caso de Benjamin Button está llena de problemas. Para empezar, si uno se toma la molestia de reconstruir esta narración pensado que el protagonista es igual que los demás seres humanos en su devenir temporal se dará cuenta de que funciona perfectamente. Al fin y al cabo, al derecho y al revés siempre nos pasa lo mismo. Con lo que el “gran concepto” se queda mismamente en eso, sin mucha operatividad narrativa. El buscarle como excusa el cuentecito del relojero del principio, por otra parte la mejor historia del film, es marear la perdiz.

Y como Forrest Gump, Benjamin vive aventuras que bien mirado son bastante gratuitas y que sirven para buscar una épica inexistente. El que el verdadero film empiece cuando queda media hora escasa en un metraje de 165 minutos es grave. La historia se enerva cuando Benjamin y Daisy al fin consuman su amor marcado por la anormalidad de él, pero hasta entonces era un puro aburrimiento. Fincher se pone solemne pero no puede tapar un guión lleno de detalles que en realidad no aportan nada pero dan el pego como el clásico film de “gran historia”, como si la acumulación de gratuidades significara algo y la brillantez de la fotografía bastara para dar empaque. Uno entiende que Fincher quiera reconciliarse con la industria tras los problemas que tuvo con ella en Zodiac, pero esta pachanga narrativa es muy decepcionante tras la incisiva brillantez de su anterior film. Empero, lo más extraño es que en sus 13 candidaturas a los Oscar no figure la especialista en nominaciones Cate Blanchett, cuando ella y su doliente personaje es lo mejor de la larguísima función.


Dudoso material

Febrero 10, 2009

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Lo más curioso de La duda es que nadie haga referencia al gran acontecimiento eclesial que tenía lugar en el año donde tiene lugar la acción, como era el Concilio Vaticano II. Resulta un tanto chocante que John Patrick Shanley, el guionista y director del film, en el que adapta su propio Pulitzer de teatro, lo ignore, pues su choque entre una monja decimonónica y un dicharachero sacerdote parece apropiado para ese momento histórico. En 1964, en unos Estados Unidos marcados por el reciente magnicidio de JFK, la hermana Aloysius, que forma parte del claustro de un colegio neoyorquino, ve con malos ojos las simpatías de un nuevo sacerdote con aires renovadores. Tanto, que su decimonónico sentido del deber aprovecha las simpatías que el pater tiene con el primer alumno negro de la escuela para montar una campaña de difamación y quitárselo de encima, insinuando que sus favores hacía el chiquillo son de los que años más tarde sacudieron las diócesis estadounidenses amargando los últimos años del Papa Wojtyla.

 

            Y es que La duda parece hablar del choque entre renovación y tradición en el seno de la Iglesia Católica, pero esta impresión es engañosa. El texto –pues a pesar de sus “aireaciones” el film no puede negar que viene de la escena- es de los que es más aparente que bueno, pues buscando la sorpresa se hace la picha un lío. Al principio, parece que el padre Flynn es el héroe de la historia y su enemiga un mal bicho, lleno de prejuicios y resentimiento, pero al final la función cambia de villano. No sé si Shanley se da cuenta –o es su confeso propósito-, pero al final los métodos difamatorios de la hermana Aloysius quedan justificados, lo que no deja de ser chocante. Tampoco parece ser capaz de meterse a fondo en el tema de la pederastia eclesial, incluso casi disculpándola. Ahí está la madre del chico confesando a la inquisitorial monja el pasado de su hijo y mirando por encima del hombro lo que presuntamente hace Flynn. Uno cree que La duda  es la típica historia donde su autor intenta epatar al burgués y se retuerce hacía unos parámetros que atentan contra ella misma. Pero da el cuelo como la clásica obra que espectadores desinformados pueden ver como “fuerte” cuando no es más que una trampa para elefantes.

 

            Shanley, en el que es su segundo film tras realizar en 1990 Joe contra el volcán –que le dejaría tan merecido mal recuerdo que ha tardado dos décadas en repetir experiencia-, sabe que para esta historia necesita actores de raza. La operación le ha salido bien, pues cuatro de sus intérpretes aspiran a Oscar el próximo 22 de febrero. Pero los resultados artísticos son irregulares. Philip Seymour Hoffman vuelve a mostrar su habilidad de darle a sus personajes ese punto taimado que los hace tan inquietantes, pero Meryl Streep nos vuelve a obsequiar con una de sus insoportables interpretaciones, gastando en sus clásicos aspavientos la fuerza de una monja que necesitaría más reconcentración. Mejor paradas quedan la ascendente Amy Adams –nuestra mejor esperanza para evitar el penélopazo en los Oscar- y Viola Davis, la madre del chico cuyas revelaciones dejan fuera de juego a la hermana Aloysius, que pensaba se las sabía todas. Entre todos ellos y ellas, uno se queda con Adams y su hermana James, donde la ambigüedad de que carece en realidad el resto de La duda queda más clara. Es como un campo de batalla moral en el que Dios y el Diablo dirimen sus diferencias e intentan arrastrarla a su causa. Claro que esta joven monjita es de estas santas pavas que tienen las pasmosa habilidad de dejar caer siempre lo más inadecuado en el sitio más adecuado. Un último apunte: La duda no es tan original como pretende. Lilian Hellman ya contó en teatro una historia parecida en La calumnia que fue llevada al cine dos veces por William Wyler. La segunda, en 1962 con Audrey Hepburn y Shirley MacLaine.


Estampas goyescas

Febrero 2, 2009

goyas1 – EL AMIGO AMERICANO: La Academia tenía hasta hace poco su gran coco al que verter sus quejas en el monopolio de la distribución que tenían las majors de Hollywood. Este sigue tan agresivo como siempre, pero ahora el Satanás se llama piratería informática. Tanto se ha relajado el frente californiano que anoche premiaron a dos papeles más propios de los Oscars que de los Goya. A pesar de sus dineros patrios, Vicky Cristina Barcelona y Che el argentino son de españolidad más que dudosa. La Academia debería ser más consecuente consigo misma y dar cancha a productos nacionales que necesiten de verdad el escaparate y puedan competir con esas grandes producciones que las siguen echando de los cines. Esto es más importante que la calidad o no de la gala y otras zarandajas de las que se hablará hoy para defender el difícil estado del cine español.

 

2 – EL SECUESTRO DE PE: En estos tristes tiempos el glamour vence sobre el conocimiento. La gala de anoche la secuestrará ella, que tiene a los fotógrafos y redactores del corazón embelesados y su más bien triste victoria lo dominará todo, vendida como unas primarias del Oscar que probablemente –Kate Winslet, donde estás cuando más te necesitamos- se llevará en dos semanas. Podía haber sido el triunfo de la impostación, de los paseos estudiadísimos hasta el escenario en plan top model, de los discursos calculados citando oportunistamente –y sin saberse a santo de que- a Azcona y Fernán-Gómez. Afortunadamente…

 

3 – EL TRIUNFO DE LA EMOCIÓN: …estaban allí los de Camino para compensar con su verdad. La veterana Carme Elías puso la nota de sinceridad al reconocer que en este oficio –y en la vida cotidiana- el que aguanta es el que gana. Nerea Camacho las lágrimas.  Y Fesser y sus productores la convicción del trabajo bien hecho y del riesgo inteligente, sacando adelante una prodigiosa película en un país donde los cachorros de San Josemari están muy bien posicionados. Con esta victoria la Academia compensó de lo de Pe y lo de Buenicio, que diría la amiga hermanastra.

 

4 – LA CEREMONIA: Carmen Machi no hizo olvidar al gran Corbacho, que en su breve aparición improvisó el chiste de la noche (“Woody Allen y yo tenemos algo en común: sólo nos nominan a las actrices secundarias”, en alusión al fracaso en las nominaciones de su segunda película, Cobardes). Demasiado envarada y apegada a recitar el guión. Se compensó con los sketches de los genios albaceteños de Muchachada Nui, que podían ser una opción para próximos años. De ellos tuvo que ser la gracieta de hacer del casposo de  Jesús Franco un paladín de la libertad.

 

5 – EL TÍO JESS: El Goya de Honor a este estajanovista del cine fue un triunfo del frikismo en toda regla, aunque el vídeo previo hacía dudar de su profesionalidad con antiguos colaboradores poniendo de relieve sus antimétodos de rodaje. Otra putadita fue que lo introdujera Santiago Segura, su confeso discípulo, como si sólo el creador de Torrente fuese en esa Academia digno de él. Algún perverso, con su defensa de que su cine molestó al Vaticano, intentaba hacer una línea entre el tío Jess y Camino, que tampoco debe contentar mucho a la SS (Santa Sede, se entiende).

 

6 – INMIGRACIÓN Y RAP: La segunda triunfadora de la noche fue El truco del manco, que cubrió varios frentes. El meter el rap en la gala, dar un empujón a la vida de superación de El Langui y dejar caer una reflexión. El director del film, Santiago A. Zannou, es hijo de un inmigrante africano que estaba en la gala viendo el triunfo de su hijo. Parece que la generación de los que vinieron aquí buscando un futuro mejor empieza a dar sus frutos en el arte.

 

7 – SADISMO: Algo de esto debe de haber cuando se nomina a un film a quince galardones y sólo se lleva uno. La cara de Daniel Arévalo cuando su libidinoso diácono de Los girasoles ciegos perdió ante Benicio del Toro, que entró en el escenario como el Che en Santa Clara, queda para las antologías.

 

8 – HERMOSOS Y MALDITOS: Todos y todas muy guapos, aunque a Paz Vega su vestido debió dárselo Frank Miller de los descartes de The Spirit.


La conjura de los necios

Febrero 2, 2009

valquiriaHabía varias formas de acercarse a la conspiración del 20 de julio de 1944 que intentó fallidamente asesinar a Hitler. Una era centrarse en la fascinante figura de Claus Von Stauffenberg, el coronel que dirigió la trama y puso la bomba a los resistentes pies del Führer. Aunaba en su estragado cuerpo a un militar alemán al viejo estilo con un sensible y culto aristócrata, que en su juventud había pertenecido al círculo íntimo del extraño poeta Stefan George, un sujeto ideológicamente ambiguo al que los nazis intentaron en vano adoptar como uno de los suyos. Pero este no es el camino seguido por el film Valquiria. Stauffenberg es aquí un buen chico sin muchos matices, que actúa según eso tan difuso llamado patriotismo.

 

            Otra vía podía haber sido indagar en los conspiradores del 20 de julio. Lo interesante del atentado no es que se trataba de un asesinato sin más, como otras tentativas anteriores contra Hitler –entre ellas el rocambolesco asunto de la bomba en las botellas de coñac del general Von Treskow, que Valquiria recupera al principio de su metraje- sino que era el detonante de un golpe de estado que pretendía derrocar al estado nazi y negociar con los aliados. Era un conspiración cívico-militar, pero tenía más aristas de lo que parecía. Ahora muchos los presentan como unos demócratas que dieron su vida por la causa, pero esto no es así. En realidad eran un grupo de aristócratas que no pretendían volver a la malhadada república de Weimar, sino al imperio guillermino por lo menos. Su programa era bastante confuso, pues pensaban pedirle a los aliados mantener las conquistas territoriales hechas por Hitler hasta el estallido de la guerra, algo que difícilmente hubiesen admitido unos enemigos que por aquellas fechas ya habían metido la directa hacía Berlín. Esto evidencia la ambigüedad de los conservadores ante al nazismo. Lo detestaban, pero lo aceptaron y colaboraron con él mientras las cosas fueron bien, como demuestra que después de todo quisiesen mantener la expansión del III Reich hasta el conflicto. El propio Stauffenberg, cuya entrada en la oposición a Hitler fue bastante tardía, tiene cartas escritas desde Polonia tras la invasión de este país en septiembre de 1939 en la que se refiere a los desdichados polacos y judíos en unos términos que un jerarca nazi aprobaría. De hecho, leyendo las quejas de algunos de estos irrealistas conspiradores da la impresión de que detestaban al partido de la esvástica más porque sus ruidosos militantes no sabían distinguir los cubiertos del pescado de los de la carne que por su asesina política. Pero estas complejidades no se ven en la película. Como en el caso de Stauffenberg, los conspiradores son unos buenos chicos sin muchos matices. Esto lleva a que dos de los grandes villanos de la jornada del 20 de julio, el general Fromm y el mayor Remer, sean malos que rozan lo caricaturesco. El que los golpistas esperasen a actuar a cuando el desastre en Alemania era irremediable y que después de todo fuesen unos chapuzas –en el ejército germano no había tradición golpista y eso se notó ese día- queda sepultado por el discurso fácil de los héroes de una pieza.

 

            Así, Valquiria opta por el camino que se espera después de todo de una gran producción de Hollywood, el espectáculo sin complicaciones. Ni Tom Cruise, protagonista y productor, ni Bryan Singer, director, ni Christopher McQuarrie, guionista, buscan los matices y hacen una película de gran aparato y poca profundidad. Estamos de acuerdo en que un film no debe ser un tratado de Historia, pero reducirlo todo a una película de suspense a secas queda pobre. Falso suspense, pues cualquiera mínimamente informado sabe que el complot fue un fracaso. Y sí, Valquiria funciona bien en su registro, dando lugar a un film entretenido y competente que se traga como si nada, pero la sensación final que queda es la de haber visto una gran historia que se ha quedado en la epidermis. Por ejemplo, el hecho de centrar la acción en un reducido grupo de personajes impide ver la gran represión que cayó sobre el ejército alemán tras el fracaso del golpe, que sirvió al nazismo agonizante para ajustar cuentas con los “Von” y “Und” que poblaban las fuerzas armadas. Golpe que por otra parte según Singer estuvo a punto de triunfar cuando no parece que este fuese el caso. Seguramente, Himmler y sus SS no se hubiesen rendido tan fácilmente a los golpistas de haber matado a Hitler. Tenían mucho que perder.

 

            Y es sintomático de cómo se ha abordado esta recreación del 20 de julio el que se insista tanto en el parecido de Cruise con el verdadero Stauffenberg. Bueno, el actor es un retaquito y el coronel medía 1’90. Si este es el baremo para autentificar la película, apaga y vámonos.


El dogma de Demme

Febrero 2, 2009

la_boda_de_rachel_-_500_-_11En su momento, Jonathan Demme pareció abrir una tercera vía en el cine americano. Eso fue en los simpáticos 80, cuando sus filmes, junto con los de otros compañeros de generación hoy desaparecidos en combate –como Jim McBride, ¿se acuerda alguien de él?-, mezclaban comercialidad con un cierto espíritu indie. A Demme le cayó un regalo que seguramente le mantuvo vivo más tiempo del que le correspondía en el mundo de Hollywood, como fue El silencio de los corderos. Una de estas películas donde la flauta suena por casualidad, pues el director no volvió a encontrar la tecla. Tras coquetear con el Oscar de nuevo en Filadelfia su carrera se hundió en títulos que cada vez tenían menos repercusión, incluyendo despropósitos como La verdad sobre Charlie, un insensato remake de la gran Charada.

 

            Viendo La boda de Rachel, que le ha valido a Anne Hathaway una más bien inverosímil candidatura al Oscar –por ahora, Kate Winslet puede dormir tranquila-, se ve que la respuesta de Demme ha sido intentar actualizarse en lo que ha resultado ser una trampa para elefantes. El cineasta juega ahora a ser “moderno” y a estar a la última, aunque la apuesta resulte ser bastante débil. Se le nota demasiado que es un intento de coger un último tren profesional y no le sale un film sincero, sino impostado. Para entendernos, ha intentado realizar una película Dogma, al estilo de las que han popularizado en Europa el alucinado –y a veces alucinante- Lars Von Trier. Pero Demme llega tarde, pues hasta el padre del movimiento lo traiciona cuando le conviene.

 

            En La boda de Rachel están todos los rasgos del Dogma. Cámara en mano, fotografía pretendidamente descuidada, saltos en el montaje, intento de los actores de ser y no parecer, etc. De hecho podría verse como una versión de las cumbres del movimiento danés, como es Celebración de Thomas Vinterberg, con su fiesta en la que  estallan las tensiones larvadas largo tiempo en una familia. Demme demuestra ser un aplicado clon de los chicos de Lars, pero si ven la película hagan un experimento: imaginen la historia narrada rodada de forma convencional y se darán cuenta que es un simple melodrama de televisión vespertina hecho con ínfulas. Una hermosa colección de topicazos como hija problemática salida de la cárcel con un pasado traumático, recelos con la hermana favorita, etc., etc, etc. Topicazos que ni siquiera llegan al final, pues Demme, que trabaja donde trabaja después de todo, se saca un conclusión para que la gente no salga muy deshecha del cine. En su limbo de hígados regados con un buen Chianti el doctor Lecter debe estar decepcionado de ver cómo su antiguo director ha resultado ser tan falso como el mundo que detestaba.